<< >>Literatura Argentina. Breve reseña. por Macoca

domingo 11 may 2008 a las 14:25hs | Categoria: Historia << Información


PERIODO COLONIAL.

Hubo sin duda una cultura y una literatura que precedieron a los movimientos de emancipación de los diversos países hispanoamericanos, organizadas casi siempre bajo el prisma de un título: "Período colonial". Sin embargo, su abordaje despierta de inmediato inquietudes. ¿Cómo discriminar entre literatura española y literatura hispanoamericana durante los siglos XVI, XVII y XVIII? ¿Con qué argumentos recortar determinados textos y asumirlos en el interior de una literatura nacional cuando la nación no existía como tal y no hay criterios estables para ordenar un corpus? Las fronteras geográficas, la nacionalidad de los autores, la lengua misma no permiten el trazado de límites precisos y estables; incluso la categoría de "literatura" se torna vacilante ante el heterogéneo conjunto de crónicas, poemas, relaciones, cartas y memorias que constituyen la bibliografía colonial.

Oficialmente, estas regiones -que configuran el mapa actual de Argentina y otros países vecinos- fueron descubiertas en el año 1516, cuando Juan Díaz de Solís llegó a Paraná Guazú. En 1526 Sebastián Gaboto empezó la exploración de la zona y diez años más tarde se fundó por primera vez la ciudad de Buenos Aires. El territorio argentino integró el virreinato del Perú hasta 1776, año en que se estableció el virreinato del Río de la Plata con la ciudad de Buenos Aires como sede de las autoridades. Tierras por mucho tiempo doblemente remotas (respecto a la metrópoli y a las principales ciudades virreinales, México y Lima), tierras sin oro ni plata que sedujeran a los conquistadores. La colonización fue lenta, así como la creación de una vida literaria.

El primer gran historiador de la literatura argentina, Ricardo Rojas, mientras dedica dos tomos a la "Literatura colonial" en su fundacional Historia de la literatura argentina, admite que su existencia resulta -casi- una "ilusión retrospectiva": crónicas originariamente escritas en inglés o alemán; libros didácticos en latín; "una" elegía sobre la fundación de Buenos Aires; relaciones de autoría dudosa encargadas por los conquistadores; infinidad de textos producidos con el objeto de desarrollar "la conquista espiritual"; a veces, pocas páginas dedicadas a esta zona de América del Sur, en referencias fugaces de obras donde la fascinación se posa con mayor detenimiento sobre los grandes imperios de los indios aztecas (México) e incas (Perú). En gran parte, la literatura colonial argentina se establece sobre textos que asumen como objeto de relato la conquista, evangelización y fundación de ciudades en el territorio argentino, más allá de la lengua en que fueran escritos, la nacionalidad o la intención original de sus autores al redactarlos.

Parte de esta "precariedad" puede asociarse a la instalación del Santo Oficio en América y a las Leyes de Indias, mediante las cuales España controló la circulación de libros en sus colonias. Fueron prohibidos, durante siglos, textos religiosos que no encuadraban con la ortodoxia de la religión católica, gran parte de la producción de los enciclopedistas del siglo XVIII, los libros de imaginación -considerados malsanos- y también aquellos que se referían a América. Si la circulación de obras fue accidentada, y en gran medida clandestina, también su adquisición era costosa, en parte porque la impresión (aun de libros americanos) se realizaba en España, lo que los encarecía todavía más; los manuscritos mismos se perdían con frecuencia en largos y arriesgados viajes o quedaban olvidados en lejanas oficinas tras largas tramitaciones de licencias. Sin embargo, las regulaciones de la metrópoli no impidieron que surgiera una literatura muy vasta en otras zonas de América, especialmente en México y Perú, ciudades de mayor actividad administrativa, económica y cultural desde la entrada misma del conquistador español en América, con sus cronistas oficiales tanto religiosos como de la corona.

Con frecuencia, la crítica literaria argentina, al referirse a la literatura colonial, despliega relatos de pérdidas, minusvalías y carencias: autorías orales de textos nunca hallados, manuscritos perdidos, quejas por la escasez de obras y desanimados comentarios sobre el valor estético de las que sí se han publicado o recopilado. Este universo de textos, sin embargo, resulta apasionante y ha sido poco explorado por la crítica literaria moderna.

La fundación de la primera universidad en territorio argentino en la ciudad de Córdoba (1613), la instalación de dos colegios preparatorios universitarios (el de Monserrat en Córdoba -1659- y el San Carlos en Buenos Aires -1773-), la introducción de la imprenta por la Compañía de Jesús (1765), la creación del virreinato del Río de la Plata (1776), la organización en 1780 en Buenos Aires de la Imprenta de los niños expósitos, dieron los impulsos decisivos a la producción cultural. La educación colonial se realizó en los conventos de franciscanos, dominicos o mercedarios, donde se dictaban las primeras letras y en los colegios universitarios y universidades que funcionaban como seminarios. El teatro fue escaso, reducido en gran parte a representaciones litúrgicas hasta que, bajo el virreinato de Vértiz, se funda el primer teatro estable en Buenos Aires . Hasta 1800, sin embargo, no hubo en el Plata periódicos ni asociaciones literarias. Breves referencias a esta zona de América del Sur pueden hallarse en las historias producidas por los "cronistas oficiales" de la Corona: en la Historia natural y general de las Indias, islas y tierra firme del mar océano (1535) de Gonzalo Fernández de Oviedo, en la Historia general de las Indias Occidentales (1601) de Antonio de Herrera y en la historia de las iglesias americanas de Gil González Dávila encargada por el rey. Si conquistadores y encomenderos se transforman en la figura central de la historia de la conquista militar del territorio, la figura del evangelizador se recorta en la abundante documentación a través de la cual las órdenes religiosas -fundamentalmente, aquí, jesuitas y franciscanos- registran el desarrollo de la "conquista espiritual" de estas tierras.

Una trama trágica de asesinatos, hambre, enfermedad y asedio indígena se enhebra alrededor de la primera fundación de la ciudad de Buenos Aires en 1536, realizada por la expedición del adelantado Pedro de Mendoza. Esta trama deviene en asunto privilegiado de las crónicas del Plata y es materia central del "Romance elegíaco" de Luis de Miranda, fraile español integrante de la expedición. Se considera que este romance, fechable entre 1541 y 1546, es la primera producción poética en la región: 150 versos octosílabos de pie quebrado en los que su autor recrea la imagen de las tierras del Plata como una traidora cruel, que se sustrae a la conquista y deglute, en este repudio, seis "maridos" y mil ochocientos hombres. En el poema, el hambre atormenta a los primeros pobladores. Éstos se ultrajan tras un alimento cada vez más degradante (cardos, raíces, estiércol, heces, "carne de hombre", "asadura de hermano") y, a la vez, el lenguaje mismo se corroe hasta transformarse apenas en llanto, tartamudeo o mudez de expedicionarios que se arrastran a través de las calles de una pequeña y desolada ciudad fortín.

En 1555 se publica en Valladolid un libro que reúne, junto con la reedición de los Naufragios de Álvar Núñez Cabeza de Vaca (1542), otro texto que elige como protagonista también a Álvar Núñez y se presume escrito por Pero Hernández, su secretario en el Plata: Comentarios de Álvar Núñez Cabeza de Vaca. Naufragios era un texto de tono autobiográfico, donde el funcionario real (tesorero del gobernador Pánfilo de Narváez) relataba la singular experiencia de alguien que convive con los indios y realiza un extenso periplo a pie a través de las tierras del sur de los Estados Unidos y México; los Comentarios son, en cambio, el testimonio de su actuación en las tierras del Río de la Plata, registrada por Pedro Hernández, en gran medida una probanza de servicios ante el rey y un alegato de defensa ante el Real Consejo de Indias. Después de sus aventuras en Florida, Álvar Núñez Cabeza de Vaca es designado por la corona "segundo adelantado del Río de la Plata", en reemplazo de Pedro Hernández. Sin embargo, al llegar a las tierras de Asunción, donde se habían refugiado los primeros pobladores de la destruida ciudad de Buenos Aires, la legitimidad de su gobierno es cuestionada y los soldados, encabezados por Domingo Martínez de Irala, se rebelan, lo encarcelan y lo envían a España procesado. Estos hechos dan origen a un texto presentado por Álvar Núñez Cabeza de Vaca ante sus jueces para su defensa en 1552 (Relación general), y a los Comentarios, que se publican tres años más tarde en busca de un público más amplio, donde se hace la crónica de este viaje que lo lleva a internarse en la inhóspita pero asombrosa naturaleza americana, a la vez que a registrar los episodios que rodean su encuentro con las diversas tribus de indios del litoral argentino. Los Comentarios -a la vez que se constituyen como una denuncia de la actuación de Domingo de Irala- apelan desde el comienzo a los "derechos" de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, recreando un catálogo de las inversiones económicas y detalles de las tareas de gobierno realizadas, siempre bajo la letra del derecho: pacificación de indios y frailes, "pago" a las tribus indígenas en retribución por sus trabajos y por el alimento del que lo proveen, deslinde de responsabilidades en relación a la muerte de cristianos. La marca de una escritura administrativa se imprime sobre este texto donde, a la vez, se da cuenta de un gobierno realizado fundamentalmente a través de la palabra: apercibimientos, amonestaciones, toma de posesión de la tierra, prohibiciones, requerimientos, instrucciones. Quizás por esto, el desconocimiento de las lenguas indígenas y la necesidad de guías e intérpretes aparece para su protagonista como una zona de conflicto especialmente dramática.

En los Comentarios, así como en la crónica que escribe el soldado alemán Ulrico Schmidel, Derrotero y viaje a España y las Indias (1567), puede leerse la conflictiva relación que, ya en el siglo XVI, se establece entre las disposiciones originadas en una lejana metrópoli y los procesos autónomos que comienzan a tener lugar en América, procesos que, en gran medida, quedan fuera del control monárquico. Si el texto de Pedro Hernández se escribe desde la perspectiva de una autoridad originada en la corona, que finalmente resulta desconocida, el Derrotero de Schmidel (que toma, también, como núcleo de relato los episodios de la primitiva fundación de Buenos Aires, el incendio de la ciudad, la marcha hacia Asunción, la rebelión contra la autoridad del segundo adelantado) se produce desde la perspectiva de un soldado raso que percibe la llegada de Álvar Núñez Cabeza de Vaca casi como la usurpación de una autoridad más legítima, surgida de la elección de los mismos subalternos.

El texto -escrito originariamente en alemán, posteriormente traducido al latín y finalmente al español- recorre los veinte años que Schmidel permanece en estas tierras desde una visión original: para él también las ciudades españolas de Cádiz o Sevilla (puntos de partida) son parte del mundo desconocido. La desnudez de las mujeres charrúas, el recurso desesperado de los indios querandíes de beber sangre, el ímprobo trabajo de los pobladores de Buenos Aires -levantando muros un día para verlos desmoronarse al día siguiente-, el hambre y la desesperación que lleva a algunos españoles a comerse los caballos y a padecer por ello la horca, y a otros a comer el cuerpo de los ahorcados: infinidad de sucesos como éstos se deslizan bajo su pluma en frases escuetas. El narrador no deja de explicitar en sus páginas su asombro, subrayando que él mismo ha vivido y presenciado esos sucesos; pero también se extraña y maravilla ante la mirada de tribus que jamás habían visto antes a un cristiano o su arcabuz. Schmidel, a través de la letra, organiza un mapa textual de estas tierras, registrando las distancias y el tiempo que lleva cubrirlas, los escollos naturales, el modo de hacer la guerra de los indios; busca quizás un lector que podría seguir sus pasos, guiado por sus páginas. La escritura de este texto persigue, a través de la analogía, atrapar un mundo fugaz en su novedad que a veces aparece en la descripción proliferante de un detalle, mientras otras desaparece ante una frase lacónica que naturaliza el servicio, la tortura o el asesinato de indios. Las crónicas de Pedro Hernández y Schmidel son las más trabajadas dentro de la bibliografía colonial. Sin embargo, como una modalidad particular del género, podría leerse una copiosa literatura administrativa que, en gran parte, permanece inédita en diversos archivos de España.

Ricardo Rojas sistematiza esta literatura administrativa en cuatro grandes zonas:

a) actas y protocolos (retórica formular, propia de la prosa notarial, documentación donde se consigna la vida municipal de las ciudades fundadas en territorio argentino);

b) informaciones y probanzas (textos cuya escritura se desliza entre la biografía y el discurso judicial, narrando la vida de un conquistador para dar testimonio de servicios o probar acusaciones;

c) cartas y memoriales (dos variantes del género epistolar, textos donde, de un modo espontáneo, los corresponsales informan sobre episodios de la conquista, denuncian abusos, solicitan reconocimientos);

d) descripciones y relaciones (una escritura también epistolar sobre asunto geográfico o histórico, cuya escritura se origina en la solicitud del rey o sus Consejos).

La carta remitida por Isabel de Guevara en 1556 a la princesa doña Juana (hija de Carlos V y gobernadora de Castilla y los reinos de ultramar entre 1554 y 1559) es una de las más difundidas y aparece como un ejemplo de esta "literatura administrativa", sobre todo porque abre otra perspectiva alrededor de la cotidianidad de las expediciones conquistadoras.

Isabel de Guevara llega al Río de la Plata junto con la expedición de Pedro de Mendoza. En su carta solicita un repartimiento perpetuo para ella y su marido, en recompensa por los trabajos realizados. El lavado de ropa, la cura de los enfermos y la preparación de alimentos son sólo algunas de las tareas que recayeron sobre las mujeres -alega-, quienes, al mismo tiempo, hicieron también de centinelas, prepararon las ballestas durante los enfrentamientos con los indios, sargentearon, pusieron orden entre los soldados, acarrearon leña, gobernaron las naves, remaron, arengaron a los hombres, sembraron y salieron en busca de alimento. Isabel de Guevara se presenta en esta carta bajo la figura de una "conquistadora", figura singular en el drama de la conquista. Su reclamo es que, precisamente, a la hora de premiar servicios, las autoridades de Asunción no la hubieran considerado como tal. Más distante de esta prosa administrativa, puede leerse la Descripción breve del reino del Perú, Tucumán, Río de la Plata y Chile (1605), escrita por el fraile de la orden de Santo Domingo, Reginaldo de Lizárraga. Aunque el texto se origina en los viajes que, como visitador de los conventos de su orden el autor realiza a pie desde Lima hasta el Tucumán (recorriendo las comarcas y pueblos de las provincias de Salta, Santiago, Córdoba y Mendoza), su texto -casi un libro de viaje- recupera anécdotas y observaciones heterogéneas. El trato que mantiene con gobernantes y prelados, caciques y conquistadores, maestros y bandidos, le permite observar, desde diferentes perspectivas, la sociedad de esos pequeños poblados coloniales entre 1586 y 1591. Sus desplazamientos a pie lo familiarizan con el paisaje, y éste -más que en un espectáculo- se transforma en el escenario de una experiencia del espacio y la sociedad americana, a través de la escucha de anécdotas de cautivos, las dificultades para transitar a través del territorio, los asaltos de los indios a las carreteras. La escritura del texto (dedicado al conde de Lemos y Andrada, presidente del Consejo de Indias) acusa una producción a través de la yuxtaposición de fragmentos, escritos en diferentes lugares (Perú, Chile) y épocas (alrededor de 1591 una zona y de 1603 otra). La Descripción del padre Lizárraga puede asociarse con una extensa bibliografía habitualmente denominada bajo la expresión común de textos de la "conquista espiritual" (un uso del término acuñado por el jesuita Ruiz Montoya en su libro Conquista espiritual hecha por los religiosos de la Compañía de Jesús en las provincias del Paraguay, Paraná, Uruguay y Tape, 1639). Son fundamentalmente las órdenes de jesuitas y franciscanos las que llevan adelante la empresa evangelizadora en territorio argentino, y estas órdenes -como casi todas- producían una bibliografía copiosa. En conjunto, ese corpus de obras incluye: vidas de evangelizadores; estudios de diversa índole sobre el ámbito en el que se desarrolla la labor religiosa (ciencias naturales, medicina, geografía, etc., sobre las regiones en las que actúan); cartas denominadas annuas por su periodicidad, o edificantes por su influencia moral; y gramáticas o vocabularios bilingües, escritos por los mismos sacerdotes (en Argentina es particularmente importante la adopción, para la prédica, de la lengua guaraní, hablada por los indios de la región del litoral).



SIGLO. XVII Y XVIII.

En 1607, los jesuitas (que tenían su propio modo de distribución del territorio) dividen la primitiva provincia peruana y crean la "provincia paraguaya" con sede en la ciudad "argentina" de Córdoba (esta provincia religiosa comprendía entonces no sólo las tierras argentinas, sino también las chilenas, paraguayas y uruguayas). Desde ese año hasta su expulsión, en 1767, se suceden nueve cronistas oficiales de la orden jesuítica, tres de los cuales resultan particularmente importantes por sus obras históricas: Nicolás del Techo, autor de un libro originalmente escrito en latín y mucho más tarde traducido al español, Historia Paraquariae (1673, 1897); Pedro Lozano con sus Historia de la Compañía de Jesús (1754) e Historia de la conquista (publicada en 1873-75, aunque fue escrita junto con la anterior); y, finalmente, José Guevara, quien escribió la Historia del Paraguay, Río de la Plata y Tucumán, obra inédita hasta que el italiano Pedro de Angelis la publicó en 1836 en su colección de documentos referentes al Río de la Plata. Otras obras de los jesuitas, de especial relevancia para la Argentina, son: Una descripción de la Patagonia y sus adyacencias en Sud América, del padre Tomás Falkner (inglés); Arte y vocabulario, gramática toba, del español Alonso de Barzana; e Historia civil del virreynato del Río de la Plata, del santafecino Francisco Iturri.

Ricardo Rojas señaló el carácter colectivo de la producción intelectual de los jesuitas, a la vez que destacó que "son los libros e instituciones nacidos de la ´conquista espiritual´ los que primero mostraron, en la alianza cristiana de las dos razas, la lenta impregnación". Más recientemente, el investigador Julio Schvartzman analiza en "Entrada misional y correría evangélica: la lengua de la conquista espiritual" (segunda parte del libro Cautivas y misioneros. Mitos blancos de la conquista, 1987) las operaciones lingüísticas e ideológicas realizadas por los misioneros en sus gramáticas, vocabularios, catecismos y confesionarios bilingües: la vinculación que existe entre una teoría misional específica para estas regiones y la creación de una jurisprudencia sobre repartimientos y encomiendas; el modo en que la labor lexicográfica y gramática va extirpando palabras del vocabulario americano, resemantizando términos, estimulando o imponiendo ciertos préstamos, desalentando otros; el modo en que la lengua de conquista fue ocupando posiciones ideológicas dominantes en la lengua conquistada. La conquista espiritual tuvo como objeto imperar sobre los cuerpos de los indígenas pero, ante todo, sobre sus costumbres, su lengua y sus credos. Las empresas de los conquistadores al Río de la Plata, en cambio, persiguieron con perseverante confianza la quimera de fabulosas riquezas de oro y plata, jamás encontradas. La literatura, a la vez que da cuenta del desencanto de tantos aventureros soñadores, lexicaliza esta fantasía en un nombre, "Argentina" (del latín, argentum, que significa ´plata´) con el que el clérigo Martín del Barco Centenera titula un extenso poema publicado en Lisboa en 1602: Argentina y conquista del Río de la Plata, con otros acaescimientos de los Reynos del Perú, Tucumán y estado del Brasil, texto comúnmente conocido como La Argentina. El poema de Centenera (estructurado en veintiocho cantos y compuesto por más de diez mil versos endecasílabos, dispuestos en octavas reales) acuña así el nombre de estas tierras, al tiempo que se ofrece no como obra lírica, sino como una "historia" veraz. "Poema histórico", en parte reitera los sucesos narrados por Luis de Miranda, Ulrico Schmidel y Pedro Hernández, pero se remonta también al descubrimiento del Plata y se extiende hasta la segunda fundación de Buenos Aires por Juan de Garay (1580), héroe paradigmático de este texto, como lo era Álvar Núñez Cabeza de Vaca en el de Pedro Hernández, y Domingo de Irala en el de Schmidel. Esta intención histórica está subrayada por las numerosas notas en prosa del autor, donde el texto se expande en precisiones o citas de fuentes. Sin embargo, el objetivo de "hacer historia" se cruza con la incorporación de episodios cuya lógica parece guiada por un recorte autobiográfico, haciendo derivar el texto hacia sucesos que tienen lugar en Perú -como la realización del primer concilio de Lima o un maremoto en el Callao-, episodios cuya inclusión se asienta en la fuerza del "yo vide". La inserción de relatos fantásticos, de leyendas y mitos de probable origen indígena y la transfiguración de sucesos, a través de hipérboles, corroen también la intención histórica, en fragmentos donde el poema se desliza hacia la invención. El carácter épico que busca la descripción de hazañas militares y combates se construye sobre la asimetría entre caciques indios que el texto evoca por sus nombres pero presenta invariablemente como traidores, siempre en fuga, y una heroicidad incuestionable por parte de los conquistadores españoles. La toponimia del Río de la Plata, con sus voces de origen indígena, se encabalga en estos versos junto a las referencias a la mitología clásica. "Poema del desencanto", según el rótulo propuesto por el crítico David Viñas, los sueños de oro y plata se revelan finalmente de piedra y barro.

Bajo un título similar -La Argentina manuscrita-, el militar Ruy Díaz de Guzmán finaliza en 1612 un escrito que deviene en la primera historia argentina. Este texto permaneció inédito durante más de dos siglos. Fue un italiano, el ya mencionado Pedro de Angelis, residente de Buenos Aires, quien, en 1835, lo publicó por primera vez en el interior de una importantísima y fundacional colección de documentos referentes al Río de la Plata. Ruy Díaz de Guzmán, mestizo, es el primer escritor criollo que, al proponerse escribir una historia, está investigando y narrando el pasado de su patria en una lengua nacional, producto del proceso de cruce entre el español peninsular y las lenguas indígenas. Hijo de padre español (Alonso Riquel de Guzmán) y madre india (Úrsula Irala), la genealogía de Ruy Díaz de Guzmán condensa gran parte de las tensiones que atravesaron el proceso de conquista y colonización americana. Ruy Díaz es nieto de Domingo de Irala y una de las siete indias paraguayas con las que éste convivió -por rama materna-, y sobrino nieto de Álvar Núñez Cabeza de Vaca -por rama paterna-. Encomenderos e indias, pues, se cruzan en su genealogía, al igual que enemistades políticas casi míticas (la de Irala y Álvar Núñez). Incluso el matrimonio de sus padres fue un recurso ideado para transformar a un enemigo político en yerno: Alonso Riquel, próximo a ser ejecutado por intentar el asesinato de Irala, recibe por parte de éste la promesa de un indulto si acepta el enlace con Úrsula, una de sus hijas mestizas.

La Argentina manuscrita está precedida por una dedicatoria al duque de Medina Sidonia como "fruta primera de tierra tan inculta y estéril y falta de educación y disciplina". El autor, orgulloso de sus ascendientes españoles, silencia su otro origen, el indígena, y como gesto ofrece el texto al destinatario aristócrata.

A pesar de que el manuscrito original se ha perdido, el libro se conoce a través de varios códices. Entre ellos se registran divergencias, pero todos concuerdan en la división del texto en tres partes: la primera comienza con el descubrimiento del Plata hasta la actuación de Irala; la segunda se inicia con la llegada de Álvar Núñez Cabeza de Vaca y finaliza con la del obispo Latorre; la tercera abarca el período entre 1555 hasta la fundación de la ciudad de Santa Fe. Se maneja la hipótesis de que existía todavía una cuarta parte, pero de ser así, fue extraviada. Si un plan certero de investigación y exploración en el pasado guía la escritura de esta historia, ésta incluye también episodios de veracidad incierta: son estos episodios, precisamente, los que mostrarán una indudable productividad literaria. Los capítulos XII y XIII narran la historia de "La Maldonada", una mujer que, desesperada por el hambre, abandona el fuerte, auxilia a una leona en su parto y es defendida y cuidada por ella cuando las autoridades -en castigo por el abandono del fuerte- la atan a un árbol a leguas de la ciudad para que perezca de sed y hambre. Esta trama será recreada en el siglo XIX, aunque no con la recurrencia con que se reescribe la historia de Lucía Miranda (capítulo VII), una española que provoca la "pasión desordenada" de uno de los caciques indios. Este amor -según el relato de Guzmán- desencadena primero la destrucción del fuerte fundado por Sebastián Gaboto y el asesinato de los españoles que lo ocupaban, sólo con el objeto de secuestrar a Lucía, quien -tiempo después- muere en una hoguera, castigada por el cacique que no pudo tolerar que ésta no lo amara, mientras el marido español (Sebastián Hurtado) era "fusilado" a flechazos.

En "Conquista y mito blanco", primera parte del libro Cautivas y misioneros. Mitos blancos de la conquista (1987), la investigadora Cristina Iglesia analiza el mito de Lucía Miranda y las diversas reescrituras que, a lo largo de varios siglos y en géneros muy diferentes (el teatro, la crónica, la novela), se realizaron a partir de su inclusión en La Argentina manuscrita de Ruy Díaz de Guzmán. El equilibrio imposible entre las razones blancas y las razones indias -propone Cristina Iglesia- se conjuga en el mito de una cautiva blanca que nace, en la literatura argentina, sobre la abrumadora realidad de la cautiva india. (La figura de la cautiva blanca será retomada, en el siglo XIX, por los escritores Esteban Echeverría, Lucio V. Mansilla, Eduardo Mansilla; y en el XX por Jorge Luis Borges y César Aira, entre muchos otros).

Si el "Romance elegíaco" de Luis de Miranda y La Argentina de Barco Centenera resultan las primeras producciones en verso de la literatura colonial, el cordobés Luis de Tejeda (1604-1680) puede ser considerado el primer poeta argentino. Hijo de un rico encomendero, Tejeda tuvo una educación cuidada en el colegio de los jesuitas: fue militar en los primeros años de su juventud y, ya viudo y con sus cinco hijos lejos, entró de lego en el Convento de Predicadores, para dedicarse a la vida religiosa. Escribió una obra en verso, El peregrino en Babilonia, probablemente hacia 1663, y una serie de poesías de carácter religioso comúnmente denominadas bajo el título Poesías místicas. Según su propio testimonio, debió de dedicarse a la producción poética desde su juventud, pero estas obras fueron publicadas por primera vez en 1916, cuando Ricardo Rojas las descubre; hasta este año, sus versos circularon a través de unas pocas copias manuscritas.

El peregrino en Babilonia es una suerte de confesión autobiográfica en verso. El sujeto poético recuerda las aventuras eróticas de su juventud, en episodios casi novelescos donde se narran las peripecias que rodean sus conquistas y amoríos -aun después de haber contraído matrimonio- y su vida militar en enfrentamientos contra los holandeses que habían invadido Buenos Aires (1625), portugueses y distintas tribus de indios. Suerte de confesión pública de intención didáctico-moralizadora, a esta zona del poema escrita a modo de romance (1332 octosílabos), le suceden versos más solemnes (silvas que reúnen endecasílabos y heptasílabos rimados), que evocan su conversión y arrepentimiento; el tono lírico sucede entonces al tono narrativo del comienzo.

Manuel José de Lavardén (1754-1810) es la figura literaria más representativa de la Buenos Aires virreinal. En 1778, de regreso de la Universidad de Chuquisaca, se presenta ante los círculos porteños con un Discurso en el colegio carolino. En 1786 escribe una "Sátira" contra el ambiente literario de Buenos Aires, donde se expresan las tensiones entre la ausencia de un ambiente cultural la ciudad porteña y el hueco prestigio de los versificadores de Lima: "Pues cualquier mulatillo palangana/ con décimas sinnúmero remite/ a su padre el Márqués una banana". En 1789 estrena en el teatro recientemente creado por el virrey Vértiz la primera pieza dramática "argentina", que lleva por título Siripo. La obra (hoy en gran parte extraviada, a excepción de un segundo acto) recrea el mito de Lucía Miranda y se presenta con un éxito persistente, pues todavía varios años más tarde (1813, 1816) continúa siendo representada en los teatros de Buenos Aires y Montevideo. El 1º de abril de 1801, en el primer periódico de Buenos Aires, El telégrafo mercantil, se publica su poema más famoso, la "Oda al Paraná", texto neoclásico donde se incorpora a la vez la geografía rioplatense e invocaciones a los monarcas españoles. En 1801, también, Lavardén escribe el Nuevo aspecto del comercio en el Río de la Plata, ensayo de economía política.

Innumerables coplas, décimas, letrillas, romances, cielitos y glosas (en gran parte anónimas) circularon, reunidas en lo que se suele englobar como "Cancionero de las invasiones", a raíz de los ataques de los ingleses a Buenos Aires (1806-1807) y la reconquista de la ciudad, episodio que dio lugar, por ejemplo, a un "Romance" del padre Pantaleón Rivarola.

En 1824, Ramón Díaz publica una antología de poesías (muchas anónimas, otras de poetas ocasionales o con una obra moderada) donde recopila parte de una tardía producción poética virreinal y de los primeros años de la independencia. En ruptura con la cronología, La lira argentina se inicia y se cierra con dos textos de Vicente López y Planes (1785-1856): se inaugura con el "Himno Nacional" (1813) y se clausura con "El triunfo argentino" (1808), oda a través de la cual el autor celebraba la victoria sobre el invasor británico


1800 - 1830.

Las primeras décadas del siglo XIX, a la vez que exponen el desarrollo de una intensa vida cultural, estimulada por la lucha contra el invasor inglés y el proceso de emancipación de España (25 de mayo de 1810 - 9 de julio de 1816), revelan también una fuerte continuidad con la cultura colonial: paradójicamente, por ejemplo, la poesía patriótica que clama contra España asume modulaciones neoclásicas o muestra la fuerte impronta española de autores como Quevedo, Góngora, Calderón, Jovellanos, etc. En esas décadas persiste opacado el influjo barroco y gongorista, que convive con el prestigio de la normativa neoclásica y la seducción por el pensamiento iluminista.

Desde 1801 se organizan diversos tipos de sociedades de corte liberal sobre el modelo de las sociedades filantrópicas europeas: la Sociedad Patriótica y Literaria (1801), editora del periódico el Telégrafo Mercantil; la Sociedad Patriótica (1811), que se reunía en el café de Marcos y apoyaba la política de Mariano Moreno; la Sociedad del Buen Gusto en el Teatro (1817), destinada a fomentar la creación dramática bajo el lema "El teatro es instrumento de gobierno" e intentaba asociar, a través de la escena, los triunfos militares de la revolución con un público popular; la Sociedad Valeper de Buenos Aires (1821); la Sociedad de Amigos del País (1822), que publicó el periódico El ambigú, de Buenos Aires; La Sociedad Literaria de Buenos Aires (1822), editora del periódico El argos, de Buenos Aires, y de la revista La abeja argentina. La emergencia de estas sociedades coincidió con una incesante producción de periódicos y revistas que, aunque de circulación efímera, acompañaban las diversas coyunturas políticas y, a la vez, creaban un canal de difusión para una emergente literatura nacional; sin hacer un catálogo de ellos, baste decir que entre las décadas del veinte y el treinta circularon en Buenos Aires casi dos centenares de hojas, diarios y periódicos.

Entre los poetas llamados "de la revolución", porque sus textos tenían como objeto fundamental la difusión de triunfos militares o la celebración de acontecimientos patrióticos -casi siempre a través de una retórica formular, conservadora, que apelaba a referencias mitológicas- pueden citarse a Fray Cayetano Rodríguez (1761-1823), José A. Molina (1772-1838), Juan Ramón Rojas (1784-1824), Vicente López y Planes, Esteban de Luca (1786-1824). Entre los ensayistas y políticos más importantes, se destacan Mariano Moreno (1778-1811) con su Representación a nombre de los hacendados (1809) y sus ensayos periodísticos; Bernardo Monteagudo (1787-1825), con su prosa polémica; y la oratoria política de Castelli.

Si los escritores mencionados son protagonistas literarios de las luchas por la emancipación política de España, un poco más tarde, en la década del 20 y como parte de una nueva promoción de jóvenes liberales, se destaca el poeta y periodista Juan Cruz Varela (1794-1839), un ferviente defensor de la política de Bernardino Rivadavia. En 1823 escribió una tragedia, Dido, en romance endecasílabo, que dramatizaba el libro IV de la Eneida; un año más tarde, otra tragedia de corte clásico, Argia, ambientada en la ciudad de Tebas. En 1831, ya exiliado, Juan Cruz Varela publica en Montevideo sus Poesías, una colección que recopila tempranos versos amatorios, textos de corte épico -exaltando las acciones militares de los revolucionarios de la independencia-, poesías "civiles" destinadas a celebrar los progresos de Buenos Aires o las reformas liberales introducidas por Rivadavia, invectivas contra el gobernador Juan Manuel de Rosas. El libro mismo, a través de los diversos temas escogidos (no de su unánime retórica) puede leerse como representativo de los pasajes que se están operando en la literatura argentina.


GENERACION DEL 37.

La denominación habitual de "Generación del 37" para designar grupalmente a escritores como Esteban Echeverría, Domingo Faustino Sarmiento, Juan Bautista Alberdi, José Mármol, oscurece, bajo la forma de cierta unidad sin fisuras, la heterogeneidad de los escritores a los que se alude. En términos generales, sin embargo, es cierto que los escritores proyectaron una sólida imagen como generación, presentándose a sí mismos como ciudadanos, jóvenes y exiliados, tres figuras muy instaladas en el imaginario europeo de comienzos del siglo XIX (a través de asociaciones como la Joven Italia o la Joven Europa), o de los escritos de los diversos exiliados en el interior del continente europeo (los españoles liberales, los aristócratas franceses).

En 1837, en la librería porteña de Marcos Sastre, se constituye el Salón Literario, espacio donde escritores como Esteban Echeverría y Juan Bautista Alberdi realizan lecturas de sus ensayos. Cada uno de los trabajos muestra la focalización en la patria como objeto central de reflexión y la convicción de que son los escritores quienes deben asumir la tarea de pensar un destino para el país naciente. La modificación de las costumbres, la propuesta de un sistema legislativo y constitucional coherente, la búsqueda de una teoría política, la necesidad de crear una literatura nacional son algunas de las cuestiones que preocupan a estos intelectuales. "Busco una razón argentina -dice Esteban Echeverría- y no la encuentro". La reflexión toma dos direcciones: por un lado para observar al pueblo (al que se busca educar y dirigir, a la vez que se lo registra como una turba semisalvaje); por el otro, hacia una teoría de gobierno, cuyo propósito inmediato sería concluir definitivamente con la anarquía política y la improductividad económica. Estos intelectuales se miran a sí mismos como "hijos de los héroes de la independencia" y se arrogan la tarea de alcanzar la emancipación intelectual para concluir la tarea comenzada en mayo de 1810 por la emancipación política: a la etapa desorganizadora y destructiva de la espada -sostienen-, debe sucederle la de la inteligencia, la razón y la letra. El énfasis sobre la necesidad de una adaptación de las ideas europeas para resolver los problemas específicamente americanos y la búsqueda de cierto pragmatismo político mensura la distancia que quieren instaurar respecto de los liberales rivadavianos de la década del veinte (unitarios), con los que mantienen un enfrentamiento soterrado que por momentos explota en rótulos que los congelan como la "ignorancia titulada" o la "vejez impotente", aunque en general deban buscar alianzas con ellos.

La posición frente al gobierno de Juan Manuel de Rosas, en cambio, resulta todavía vacilante en el Salón Literario. Mientras unos tientan la asunción de su figura como la del "gran hombre", destinado a pacificar y unificar a la nación, otros, ya con reticencias, señalan que ese rol está aun vacante. El Salón Literario, si bien se desarrolló por pocos meses en un ámbito limitado, porteño, resulta representativo de las discusiones que otros intelectuales, como el sanjuanino Domingo Faustino Sarmiento, estaban llevando adelante en otras provincias argentinas. En los años posteriores, sobre todo después de 1840, los escritores de esta generación, proscriptos por Rosas, irán partiendo uno a uno hacia el exilio y se refugiarán en las ciudades de Montevideo (ciudad uruguaya donde se congregará el mayor número de exiliados), Santiago de Chile, Río de Janeiro (Brasil), en el vecino país del norte, Bolivia, o en Perú, según la zona del país desde la cual se exilien.

Si el exilio y la discusión en común de un destino para la nación agrupa a estos escritores como generación, el otro gran factor aglutinante será la adscripción generalizada a la estética romántica. La relación ya la había precisado Víctor Hugo en una frase que circuló mucho entre los intelectuales argentinos: "El romanticismo, si se lo considera en su aspecto militante, no es otra cosa que el liberalismo en literatura". En esta frase vieron los escritores una síntesis que abarcaba también otra de sus búsquedas: la libertad formal en literatura, a través de la emancipación de la opresiva normativa retórica de los neoclásicos; la libertad temática que les permitiera alejarse de la transitada mitología clásica para prestar mayor atención a asuntos nacionales y americanos.

Esteban Echeverría , de regreso en 1830 de su viaje a Europa, difunde en el Río de la Plata la producción de los románticos europeos (Schlegel, Staël, Chateaubriand, Lamartine, Hugo, Scott, Byron). Él mismo, en el marco de esta elección estética, publica tres libros en verso a lo largo de la década del treinta: Elvira o la novia del Plata (1832), Los consuelos (1834) y Rimas (1837), donde incluye uno de sus textos más importantes, "La cautiva". En el exilio publica también La insurrección del Sur (1837), en 1842 el poema "La guitarra" y su continuación, el largo poema El ángel caído; más tarde el Avellaneda -dedicado a Alberdi-, sobre el proyecto y el itinerario de Marco Avellaneda, quien intentó organizar una Liga del Norte para derribar a Rosas.

José Mármol , a lo largo de las décadas del cuarenta y cincuenta, publica -también durante su exilio en Montevideo- poemas románticos que se difunden primero a través de periódicos y luego en libros: El peregrino (1846-1847), Armonías (1851) y Poesías (1854); obras teatrales en verso: El poeta (1842) y El cruzado (1842).

Es la producción poética la que, durante esos años, consolida los prestigios literarios: los escritores entienden ante todo la literatura como poesía. La prosa, en cambio, resulta para ellos instrumento de pensamiento y arma de combate político. Sin embargo, tanto Esteban Echeverría como José Mármol, trascienden más por sus obras en prosa que por sus versos: Echeverría, a través de un relato escrito probablemente hacia 1839 que no publicó en vida, El matadero; José Mármol, a través de una novela política, Amalia, publicada por entregas en 1851 y, como libro, en 1855. Estos dos textos, marcados por la lucha contra el tirano Rosas, con fuertes adscripciones políticas, se apartan de la estética romántica cuando representan el universo de sus enemigos rosistas. El detalle realista irrumpe entonces para retratar al pueblo adicto a Rosas y a sus funcionarios, y degradarlos a través de su pintura. Paradójicamente, esta inmersión en el mundo de sus enemigos los lleva a explorar y a descubrir las modulaciones de la estética realista, desvío que -para el lector contemporáneo del siglo XX- se transforma en su mejor hallazgo, porque redunda en una mayor eficacia y originalidad literarias. La historia de la literatura argentina lee, aun hoy, en El matadero -difundido en 1871 por un discípulo de Echeverría, Juan María Gutiérrez, (1809-1878)- el origen del género narrativo en la Argentina, mientras en Amalia vislumbra los orígenes de la novela.

El género novelístico tuvo, hasta la publicación de Amalia en 1851, algunos exponentes poco significativos, o bien porque la circulación de los textos fue muy acotada o porque su eficacia literaria resulta escasa: hacia 1788 el cordobés Miguel Learte escribe Las aventuras de Learte (publicada por primera vez en 1927), mientras en 1822 Juan Justo Rodríguez escribe Alejandro Mencikou, príncipe y ministro del estado ruso, sabio en la desgracia y ayo de sus hijos, dos curiosidades bibliográficas desconocidas -en general- para el lector argentino. Apenas más atención merecieron las incursiones novelísticas de Juana Manso (Los misterios del Plata, 1851; y La familia del comendador, 1854), las novelas de Miguel Cané padre (Esther, 1851; Una noche de bodas, y La familia Sconner, 1858) y las de los historiadores Bartolomé Mitre (Soledad, 1847) y Vicente Fidel López (La novia del hereje, 1846; y La loca de la guardia, concluida en 1890). Aunque pueden rastrearse muchos otros exponentes secundarios del género, habrá que esperar hasta la década del ochenta para encontrar un proyecto novelístico del relieve de la Amalia de José Mármol.

Tampoco, curiosamente, proliferan los relatos. Si la postulación de El matadero de Esteban Echeverría como primer cuento argentino no es producto de una fatalidad cronológica sino de una operación crítica, apenas podrían citarse hacia esos años los cuentos de Juana Manuela Gorriti (1819-1892) recopilados en Sueños y realidades (1865) -hasta la década del ochenta, única escritora que perseveró en el género-; alguna incursión de Bartolomé Mitre ("Memorias de un joven botón de rosa", 1848) o de Juan Bautista Alberdi ("Tobías o La cárcel a la vela", 1851; y "Peregrinación de Luz del día", 1878); y textos que encuadran mejor en el marco del género de costumbres como "El hombre hormiga" (1838), de Juan María Gutiérrez. En 1838, ya cerrado el Salón Literario, se funda La Asociación de Mayo. A Esteban Echeverría se le encomienda redactar el programa de la asociación, llamado Código o Declaración de principios que constituyen la creencia social de la República Argentina, luego difundida con el nombre de Dogma socialista de la Asociación de Mayo. Este texto, junto con el Fragmento preliminar al estudio del Derecho, difundido por el escritor tucumano Juan Bautista Alberdi (1810-1884) en el Salón Literario el año anterior, resultan fundamentales como condensación del pensamiento de la generación. Alberdi en 1837 también publica en el periódico La Moda, una serie de artículos de costumbres, bajo el pseudónimo de "Figarillo", homenaje al muy admirado escritor español Mariano José de Larra, que escribía usando el pseudónimo de "Fígaro". En realidad, el ensayo sobre derecho y los artículos de costumbres de Alberdi podrían pensarse como dos caras de la misma búsqueda: siguiendo a Tocqueville, desde la perspectiva de Alberdi, la letra del derecho debe asentarse sobre las leyes no escritas de las costumbres; y si en el Fragmento hace propuestas teóricas, en los artículos busca reformar las leyes no escritas, reformando a sus lectores a través de la sátira y el ridículo. Alberdi escribe también obras dramáticas (La revolución de Mayo y El gigante de Amapolas) e incursiona en el relato, pero son sus ensayos los que más se destacan: en 1852 -luego de la caída de Rosas- escribe un texto fundamental en el derecho constitucional argentino, Bases y puntos de partida para la organización nacional, entre muchos otros textos como Elementos de derecho público provincial para la República Argentina o El imperio del Brasil ante las democracias de América (1869).

Sin duda uno de los escritores más importantes del siglo XIX argentino es el escritor sanjuanino Domingo Faustino Sarmiento. En su ciudad natal Sarmiento se adhirió a la Sociedad Literaria, filial de la porteña asociación de Mayo, aunque en parte su pensamiento y su escritura adoptaron rasgos divergentes a los de Alberdi y Echeverría. Desde muy joven se desenvolvió como periodista y maestro (fundó un colegio de señoritas y se inició escribiendo en el periódico El Zonda) y en 1840 se exilia en el país limítrofe de Chile, donde en 1842, junto a V. F. López, funda nuevamente un periódico, El Progreso. La obra de este escritor es extensísima (sobre todo su labor periodística) y, en este sentido, es importante recordar que la edición de sus obras completas ocupa cincuenta y dos gruesos volúmenes. Entre sus libros más importantes pueden destacarse tres de carácter más profundamente autobiográfico, aunque la crítica literaria ha señalado con frecuencia que casi la totalidad de la escritura de Sarmiento puede leerse como una autobiografía: Mi defensa (1843), Recuerdos de Provincia (1849) y Vida de Dominguito (1886). Es en estos textos donde Sarmiento organiza con mayor intensidad su figura de intelectual y escritor, aunque esta imagen está también muy presente en sus biografías de caudillos provinciales: Vida del general Fray Félix Aldao (1845), El Chacho, último caudillo de la montonera de los llanos de La Rioja (1886) y en uno de sus libros más importantes por la incidencia persistente que tuvo sobre la cultura argentina, Civilización y barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga, más tarde conocido simplemente bajo el título de Facundo. En Aldao y Facundo el escritor, a través de la biografía de los caudillos protagonistas, desarrolla una versión de la historia patria mientras, a la vez, alude en forma militante contra Juan Manuel de Rosas. La dicotomía "civilización y barbarie" (que titulaba la vida de Facundo Quiroga en su primera edición) organiza otras polarizaciones: la ciudad en confrontación con la campaña, los federales con los unitarios y -en última instancia- a Rosas con el mismo Sarmiento. Este modo dicotómico de sistematización de la sociedad argentina, aunque corroído en la escritura del texto por la fascinación que, a la vez, le provoca la figura de su biografiado, será uno de los modelos que con más ardor se adoptarán o impugnarán en la historia de la cultura argentina. Sarmiento publica en 1849 sus Viajes en Europa, África y América, donde reseña las impresiones que le suscita el periplo emprendido desde Chile en 1845. Entre las cartas que integran ese volumen de viajes resulta especialmente sugestiva la que remite desde España. Como gran parte de la generación del 37, Sarmiento visualiza en la antigua metrópoli el origen del mal nacional. Pero interesa en ella sobre todo su escritura, porque allí el escritor adopta la pose de un inquisidor americano y pone en marcha los mecanismos que a la vez denuncia: España es escudriñada a través de una maquinaria de interrogatorios, imputaciones y hostigamientos, porque en ella se está también mirando un mal que marcó a la patria americana y no puede ser removido en su presente. Si en la carta a España Sarmiento lee las limitaciones que impone la historia a las antiguas colonias americanas, en Francia ve desmoronarse un modelo; en África rebusca, en cambio, analogías con América, mientras en Estados Unidos redescubre los brillos de un nuevo modelo político y económico. Parte de ese deslumbramiento todavía reluce en su libro Argirópolis (1850).

La caída de Juan Manuel de Rosas en febrero de 1852 apenas logra sosegar al incansable Sarmiento. El mismo año publica su Campaña en el ejército grande, texto donde narra su conflictiva relación con el caudillo que venció a Rosas, Urquiza. Nuevamente exiliado en Chile, mantiene (también en 1852) una de las más estruendosas polémicas del siglo XIX con Juan Bautista Alberdi, a través de cartas: las de Sarmiento se publican bajo el título de Las ciento y una, mientras las de Alberdi se imprimen como Cartas quillotanas.

Entre 1862 y 1864 Sarmiento es gobernador de la provincia de San Juan; renuncia y parte hacia los Estados Unidos como ministro plenipotenciario; en 1868, de regreso a su país, confirma durante el viaje en barco que ha sido elegido Presidente de la República. Su obra se hace cargo, todavía, del ambiente intelectual de la década del ochenta: Conflicto y armonía de las razas en América (1883) redefine, desde una perspectiva positivista, una descripción de la Argentina, pensada -esta vez- a través del drama del enfrentamiento de la raza blanca y la indígena, a través de las leyes de la herencia


POESIA GAUCHESCA.

La gauchesca fue señalada, por críticos como Ricardo Rojas y Ángel Rama, como un sistema "paralelo" que se desarrolla a lo largo del siglo XIX. Es, en cierto modo, el gran género de la literatura argentina (con un trabajo específico sobre la lengua y sobre las formas), aunque al mismo tiempo es un género que resultó por mucho tiempo ilegible como literatura. Sin modelo europeo, la gauchesca nace y alcanza su plenitud en el siglo XIX y presenta dos rasgos que, en su simultaneidad, la definen contradictoriamente. Por su materia y por su pretensión mimética de la oralidad rural, remite a prácticas, saberes y decires tradicionales. Por su sistema de circulación, por su cruce con los grandes problemas sociales y políticos de su tiempo y por las operaciones que realiza en y con la lengua, se diría que está por delante de otras formas literarias coetáneas con las cuales, sin embargo, siempre parece colocarse en una posición de minoridad. La operación que define a la literatura gauchesca es la cesión, por parte del autor, de la voz al personaje gaucho. Esta lengua gauchesca en verso no es -como con sagacidad señaló Jorge Luis Borges- una mímesis de la lengua hablada por los gauchos como sujetos sociales, sino un producto retórico y literario, creado en y por el género. Se afirma que la gauchesca organiza un sistema literario paralelo porque, a pesar de que el texto más reconocido es el Martín Fierro (1872-1879) de José Hernández, hay una línea de textos y autores que organizan una tradición propia, desde las primeras hasta las última décadas del siglo XIX, aunque en muchos casos se trate de producciones anónimas. Un breve itinerario del género podría iniciarse en el virreinato. El canónigo Juan Baltazar Maciel (1727-1788) escribe en 1777 el romance "Canta un guaso en estilo campestre los triunfos del Excmo. señor don Pedro de Cevallos". El poema se aparta de la lírica culta para tentar una veta popular. Sus primeros versos ("Aquí me pongo a cantar / debajo de aquestas talas") presentan una fórmula que será común a la gauchesca y que llegará ya consagrada hasta el Martín Fierro.

Los textos de Bartolomé Hidalgo (1788-1822) fueron clasificados según dos especies genéricas diferentes: los diálogos y los cielitos. El cielito proviene del estribillo "cielo, cielito, cielo", con numerosas variantes en su formación lírica. A través de ellos Hidalgo desarrolló su poesía militante durante las luchas por la independencia entre 1811 y 1816. Los diálogos (1821 y 1822), más escenográficos, presentan interlocutores gauchos que conversan (Jacinto Chano y Ramón Contreras) y una estructura más o menos similar: una introducción y una plática confidencial entre la gente del pueblo. Hidalgo deja marcado el camino para otras expresiones gauchescas. En la década del veinte pueden registrarse, funcionando en el interior del sistema gauchesco, los periódicos encendidos del Padre Castañeda; en la década del treinta los de Luis Pérez, rosistas, acompañan la lucha de facciones: El Torito de los Muchachos, El gaucho, La gaucha, El negrito, El toro del once, etc.

Hubo, también, gauchesca unitaria, a través de Hilario Ascasubi (1807-1875), versos que el autor recopiló en 1872 bajo el título Paulino Lucero (del período 1839-1851) y Aniceto el gallo (del año 1854 e inéditos). Una obra significativa es el Fausto (1866) de Estanislao del Campo, texto paródico, en el que Anastacio el Pollo relata a su compadre Laguna, como si se tratara de sucesos verdaderos, lo que ha visto en una representación del Fausto en el teatro Colón.

En 1872 José Hernández (1834-1886) publica, con inesperado suceso, el mayor exponente del género, El gaucho Martín Fierro. Siete años más tarde, en 1879, presenta la edición de La vuelta de Martín Fierro. Aunque son muchos los relatos y novelas que toman como protagonistas de sus obras a personajes gauchos, por ejemplo Eduardo Gutiérrez en sus folletines, estos textos, llamados criollistas construyen sólo de una manera muy limitada (a través de algunas voces o giros) una voz del gaucho.


GENERACION DEL 80.

El período de luchas y de divergencias políticas que siguió a la derrota de Rosas llegó a su término el 21 de setiembre de 1880, cuando un congreso en minoría, reunido en el pueblo de Belgrano, sancionó una ley que declaraba a la cercana ciudad de Buenos Aires capital de la República Argentina. Había llegado a su fin un viejo pleito entre porteños y provincianos y se iniciaba una nueva época en nuestra evolución histórica, con grandes cambios en el panorama material y cultural. Ese mismo año ocupó la presidencia el joven militar Julio Argentino Roca que dispuso asentar al país sobre nuevas bases. Desde esa época el crecimiento de Buenos Aires fue asombroso. En la década comprendida entre 1880 y 1890, la población de la capital aumentó en un 84 por ciento, mientras que en el resto del país, sólo creció en un 29 por ciento. La gran ciudad absorbió riquezas y derechos en perjucio de las provincias y dio origen a un desequilibrio que es visible en la época actual. Las sucesivas oleadas de inmigrantes se detuvieron en Buenos Aires,mientras que sólo en escasa proporción esos europeos avanzaron sobre la desolada campaña para poblarla.
El gobierno y los cargos públicos de importancia fueron ocupados por una minoría con capacidad ejecutiva y mentalidad semejante al antiguo despotismo ilustrado, que se propuso engrandecer al país sin que el pueblo participara con sus decisiones. De ideología liberal y progresista, partidaria de la cultura europea, la minoría dirigente emprendió su labor con el lema de paz y administración para fomentar el desarrollo en todas sus manifestaciones, desde la conquista del desierto en poder de los indios y el trazado de vías férreas, hasta la radicación de capitales extranjeros.
En torno a la epoca de la federalización de Buenos Aires, un grupo de escritores se destaca en este período de la nación organizada, al lado de las personalidades sobrevivientes de la proscripción. Casi todos ellos participaron en política por medio de la pluma o en importantes cargos públicos y otras veces, su actividad literaria fue un mero pasatiempo. Se los conoce como integrantes de la generación del 80 porque sus principales figuras alcanzaron la madurez a partir de ese año de profundos cambios, que convirtieron a la "gran aldea" de Buenos Aires, en una ciudad cosmopolita.

Siempre resulta difícil agrupar con categoría absoluta y bajo un común denominador acontecimientos de carácter cultural, por esto, el concepto de generación ha sido discutido y aun negado por estudiosos de mérito. En el aspecto literario, se parte del principio que los escritores nacidos y educados dentro de una misma época y que actuaron bajo semejantes influencias políticas, sociales y económicas, reflejan en sus obras una unidad de criterio de acuerdo con el período cronológico en que desarrollaron su actividad. No siempre se encuentra respuesta positiva a este principio, y además, es sabido que algunas figuras sobrepasan con su prestigio los límites cronológicos de una época literaria o científica.

Con todo y sometiendo el concepto de generación a cautelosos reparos, puede admitirse que en torno al eje cronológico del año 1880, actuó en nuestro país una pléyade de intelectuales que dieron una fisonomía característica a las letras y a la política y que se conoce con criterio muy amplio como la generación del 80.

Integran el grupo literario más importante Miguel Cané , Lucio V. Mansilla, Eduardo Wilde , Lucio V. López (1848-1894), Eugenio Cambaceres , Martín García Mérou , José S. Alvarez con el seudónimo de Fray Mocho y Paul Groussac . No tan representativo de la época, pero un gran valor dentro de nuestras letras fue el riojano Joaquín V. González . También debe citarse a los parlamentarios católicos José Manuel Estrada y Pedro Goyena . Con respecto a los poetas, integran entre las figuras representativas del 80 —una segunda generación romántica. Puede mencionarse a Ricardo Gutiérrez , Olegario V. Andrade (1839-1882), Rafael Obligado y Carlos Guido y Spano . Aunque perteneciente por su edad a la generación del 80, pero apartado de ella, figura el poeta de los humildes, Pedro Bonifacio Palacios (1854-1917) conocido con el arrogante seudónimo de Almafuerte y sin duda, una de las más discutidas y desconcertantes personalidades de nuestra literatura.

Caracteres de la generación literaria
Ricardo Rojas agrupó a los escritores de la generación del 80 con el título de prosistas fragmentarios debido a la falta de continuidad en sus pensamientos, reflejado en obras carentes de unidad orgánica. Fueron hombres de mundo que viajaron a Europa y alternaron las amenas conversaciones de los elegantes clubes con los libros y la labor política e intelectual. Escribieron ensayos, artículos periodísticos, recuerdos autobiográficos, anécdotas, breves narraciones y juicios sobre la época en que vivieron. No fueron autores de obras doctrinales, ni tampoco dejaron investigaciones ni largas novelas. En su gran mayoría pertenecieron a la clase social gobernante y su mentalidad y posición económica les hizo admirar la cultura europea, con sus tesoros artísticos y su mundana sociabilidad. Muy idealistas, abrazaron con vehemencia las ideas liberales y el positivismo, mientras algunos de ellos —al ocuparse de la historia patria— trataron de demostrar el fracaso de los grandes proyectos de la generación anterior. Negaron principios y creencias de la mayoría y con escepticismo sostuvieron un cambio en el rumbo social y cultural de la Argentina.
Sobre la generación del 80 escribió Carlos Ibarguren: "Fue de escépticos y de materialistas, cuyo pensamiento seguía la acción cambiante y apresurada de un país en formación y de una sociedad que evolucionaba. El positivismo filosófico, las corrientes científicas predominantes a fines del siglo pasado, el enorme desarrollo industrial y económico europeo, las masas de hombres y de oro que empezaron a venir a estas playas, trasformando velozmente nuestra tierra, dieron al núcleo director argentino la visión utilitaria y sensual de la vida.
El humor y la ironía constituyen dos rasgos característicos de los escritores de este período. La figura más representativa del humorismo fue Eduardo Wilde hombre extravagante y de prosa familiar que sin preocuparle el estilo, dejó pruebas de su originalidad e ingenio en ocurrentes frases.
La critica literaria contó con destacados representantes en la época que nos ocupa. Calixto Oyuela (1857-1935) fue autor de dos tomos sobre Estudios Literarios y de la amplia Antología de poetas hispanoamericanos (1919-1920); Martín García Mérou, que en sus obras de crónica y crítica literaria reflejó el movimiento intelectual de la generación del 80 y Paul Groussac, un escritor incisivo y satírico, de muy variada producción y certeros juicios críticos.
Existió también una tendencia a la evocación o recuerdo del pasado, con anécdotas y reminiscencias de episodios en gran parte presenciados por sus autores. Aunque sin base documental, constituyen páginas de apreciable valor, debido a su intimidad. José Antonio Wilde (1813-1885) obtuvo gran éxito con un libro de recuerdos que tituló Buenos Aires desde 70 años atrás al igual que Vicente G. Quesada (1830- 1913) —con el seudónimo de Víctor Gálvez—, autor de Memorias de un viejo, publicadas en 1889. Dentro de esta literatura evocativa también figuran Juvenilia, el conocido libro de Miguel Cané y el escrito por Santiago Calzadilla titulado Las beldades de mi tiempo, que se editó en 1891.
La prosa del 80 expresó la hostilidad de las clases aristocráticas de la sociedad porteña hacia los inmigrantes extranjeros. Esta actitud xenófoba se advierte con nitidez en algunos novelistas como Eugenio Cambaceres en su obra titulada En la sangre (1887) y también en Antonio Argerich con ¿Inocentes o culpables? (1884), que señalan en esencia una especie de hartazgo hacia lo europeo. La gran llegada de inmigrantes a Buenos Aires favoreció a las corrientes ideológicas del liberalismo y del materialismo, para dar origen a un amplio movimiento destinado a secularizar todos los estratos sociales. Se enfrentaron entonces el laicismo contra la fe católica a través de memorables debates originados al discutirse la ley de enseñanza laica (año 1884) y proyecto sobre el matrimonio civil (1888). Entre los pensadores católicos se destacó José Manuel Estrada (1842- 1894).
La campaña al desierto realizada por el general Roca en el año 1879 actualizó el tema del indio y el problema derivado sobre la posesión de sus tierras. Si bien Lucio V. Mansilla se anticipó con su obra Una excursión a los indios ranqueles, la temática sobre el aborigen adquiere el carácter de novela de aventuras con Estanislao S. Zeballos , autor de una trilogía de tono rornántico


La prosa de imaginación

La novela no existió en nuestra literatura del periodo hispánico, durante los siglos XVI, XVII y XVIII. En épocas de los "proscritos" —siglo XIX— se considera a El matadero de Echeverría como nuestro primer cuento y Amalia de Mármol, la obra que inicia la novela. Pero sólo en la década del 80, la prosa de imaginación adquiere verdadera importancia en la vida literaria argentina. Bajo la influencia de un naturalismo heredado del escritor francés Emilio Zola —con la pintura detallista de ambientes y caracteres— y también del realismo, la imaginación culmina en este período con Eugenio Cambaceres, reconocido por la crítica como uno de los fundadores de la novela en nuestro medio.
En épocas de la Organizacion Nacional las más difundidas novelas de autores extranjeros —entre ellos Zola y Flaubert— eran ya conocidas en nuestros círculos intelectuales. Los escritores argentinos —salvo algunos intentos— no habían incursionado por el género literario de la imaginación.
Al comentar una obra del norteamericano Cooper, escribió Mariano Pelliza en 1879: "Pobre es la América del Sur y pobre la República Argentina de libros propios destinados a reflejar sus costumbres, su natura!eza o su historia en la forma de la novela."

El proceso de evolución hacia una novela nacional lo inició con sus folletines Eduardo Gutiérrez (1851-1899), cuya obra recién en la actualidad ha sido valorada en su real importancia. Demostró su capacidad literaria a través de artículos aparecidos en diversos periódicos, entre ellos " La Tribuna", "La Época" y " Sud-América". Pasó buena parte de su vida componiendo cuartillas sobre una reiteración temática: el paisano honrado que debido a las injusticias policiales se convierte en matrero. Su folletín más popular titulado Juan Moreira —basado en un personaje real— fue llevado a escena por el actor José Podestá en 1886, año que marca un proceso de gran importancia en el teatro nacional. Era evidente que Gutiérrez había incorporado el populismo a nuestra literatura, pero sus dramones de suspenso policial estaban al margen de la novela culta.
Hacia 1884, el género novelesco inicia en Buenos Aires su marcha ascendente. En la corriente del naturalismo debe ubicarse al médico Antonio Argerich (1862-1924), que en su obra ¿Inocentes o culpables? (1884) se ocupó de la inmigración y de los problemas sociales derivados de los conventillos. Francisco Sicardi (1856-1927) se graduó de médico en 1883 e incursionó por la literatura con varias novelas, entre ellas la titulada Libro extraño, que se compone de varias partes. Evocó cuadros de costumbres con personajes patológicos hundidos en la miseria, el dolor, la enfermedad y el crimen. Otro médico, Manuel T. Podestá (1853-1918), escribió Irresponsable, cuyo protagonista es un incapacitado enfermo mental que enfrenta a la sociedad que lo rodea. La principal figura de la novela naturalista en la generación del 80 fue Eugenio Cambaceres, que fue el novelista más importante del período, escribió cuatro textos. Pot-Pourri (1881) y Música sentimental (1884), aunque toman como núcleo narrativo el adulterio, se recortan de la producción naturalista por su estilo conversador, y su estructura fragmentaria y de collage; el mal social en ellas, además, está depositado en la corrupción, la hipocresía y la impericia de la clase dirigente. Sin rumbo (1885), aunque más compleja, es ya una novela naturalista, y En la sangre (1887) resulta, en su denuncia del inmigrante arribista, paradigmática hasta la caricatura.
La obra que expresa con mayor exactitud los cambios sociales y culturales de la ciudad porteña en el período que nos ocupa, se titula La gran aldea debida a la pluma de Lucio Vicente López (1848-1894), nieto del autor de la letra del Himno Nacional e hijo del historiador Vicente Fidel. La novela fue conocida primeramente por folletines a través del diario "Sud-América" y editada en forma de libro en 1884. En torno a la historia de los desparejos amores de un anciano y una joven —don Ramón y Blanca— se ocupa en animadas páginas evocativas del desarrollo de Buenos Aires con tipos característicos, manejos políticos y costumbres. A pesar de sus imperfecciones de lenguaje y excesos en la temática —un final truculento— La gran aldea no ha perdido su gran valor documental.
Una novela breve escrita por José María Cantilo (1840-1891) y titulada La familia Quillango, satiriza a un rico estanciero que se traslada del campo a Buenos Aires, donde compra una casa y habita con su mujer y tres hijos. El autor describe el esfuerzo de un hombre rústico que pretende adaptarse a la vida urbana.
La crisis económico financiera producida en el trascurso de la presidencia de Juárez Celman, a causa de la fiebre del dinero y de la especulación, así como también al afán de enriquecimiento, culminó en 1890 con la quiebra de la Bolsa de Comercio. Algunos literatos inspiraron sus novelas en la embriaguez corruptora de aquella época, en que se extendió por doquier la ganancia segura basada en promesas y papeles carentes de valor.
El bohemio Jose María Miró (1867-1896), con el seudónimo de Julián Martel publicó en forma de folletín en "La Nación" (en 1891) un estudio social titulado La Bolsa. Obra realista —fue testigo de los episodios como cronista bursátil— describe la sociedad envilecida por la especulacion y el ansia de lujo y riquezas. En el mismo año, Segundo Villafane (1860-1337) dio a conocer Horas de fiebre, novela en parte semejante a la anterior pues documenta el proceso de crisis. Carlos María Ocantos (1860-1949), un autor de importancia, miembro de la Academia Española de la Lengua, escribió Quilito (1891), en que relata el drama de una familia arruinada por la crisis de la Bolsa, con sus problemas domésticos, pasiones y virtudes.

Los relatos fantásticos (y policiales) de Eduardo Ladislao Holmberg (1852-1937), publicados en diversos periódicos y semanarios porteños entre 1875 y 1898, muestran un uso literario del saber científico divergente al de otros escritores del ochenta. La ciencia (psiquiatría, frenología, sociología, biología) no aparece en sus textos como digresión erudita y diletante, tampoco como sistema de interpretación que sistematiza y cierra las tensiones del universo novelesco o narrativo. El saber científico se transforma en sus cuentos en núcleo productivo a partir del cual la ficción se desencadena en forma autónoma. Entre los relatos más interesantes pueden citarse: "Dos partidos en lucha" (1875), "Viaje maravilloso del señor Nic-Nac" (1875), "Horacio Kalibang o los autómatas" (1879) y las "nouvelles" Nelly, La bolsa de huesos y La casa endiablada, publicadas en 1896. También pueden leerse en la serie de la literatura fantástica: los relatos de Eduardo Mansilla (1838-1892), reunidos en Creaciones (1883); El Doctor Whüntz (1880) de Luis Varela (1845-1911), firmados bajo el pseudónimo de Raúl Waleis; y algunos de los textos recogidos en Paginas literarias (1881), de Carlos Monsalve.

La crítica literaria

Uno de los rasgos característicos de los escritores del 80 fue la inclinación a la crítica literaria, es decir, a juzgar la obra escrita por su contemporáneo, sea ella un libro o un estreno teatral. En este aspecto, la actividad desplegada fue abundante y en términos generales no excedió del comentario epistolar o de la breve nota en un periódico. Algunos nombres deben destacarse por su eficiente preparación científica y situarlos como los primeros críticos de la literatura argentina, continuadores del precursor y solitario Juan María Gutierrez.
Calixto Oyuela, profesor universitario, miembro correspondiente de la Real Academia Española y primer presidente de la Acadernia Argentina de Letras (1931) fue un crítico de vasta cultura literaria. Admirador de los clásicos y de las letras españolas, polemizó con Groussac y otros liberales de la generación del 80 que se opusieron a lo hispánico. Rígido preceptista, no cedió en sus firmes convicciones estéticas y sostuvo la fórmula del "arte por la belleza". Ya nos hemos referido a sus obras tituladas Estudios literarios (1915) y Antología poética hispanoamericana (1919- 1920) .
El francés Paul Groussac, que arribó a los dieciocho años a nuestro país (1886) ignorando el idioma de la nueva tierra, no tardó en convertirse en un destacado investigador y en el crítico de mayor importancia de la literatura argentina hasta la segunda década de la presente centuria. Penetrante ensayista, ejerció por más de cuarenta años la dirección de la Biblioteca Nacional, tarea que le permitió dominar el pasado histórico argentino y desarrollar con amplitud su labor de investigador y de escritor. Respetado y temido maestro, aplicó una metodología de rigor documental y un estilo expositivo cáustico y preciso. De sus obras recordemos: Del Plata al Niágara (1897), Santiago de Liniers (1907), Crítica literaria (1924) y Mendoza y Caray (1929).



1890 - 1920.

Durante los últimos años del siglo XIX se produce una gran renovación en las prácticas literarias y en las corrientes estéticas, cuyo principal escenario es Buenos Aires, que aceleradamente comienza a introducir los ritmos de la ciudad moderna. Momento de grandes cambios políticos, culturales y sociales que, originados en gran medida por las olas inmigratorias, producen un proceso de creciente urbanización y alfabetización, un desarrollo comercial y administrativo, y varias formas de democratización que van creando las bases del moderno público masivo. La existencia de este público, nacido de las campañas de alfabetización, se articula con el surgimiento de la prensa popular, cuyas primeras manifestaciones son el aumento decisivo de la oferta periodística y la proliferación de revistas. En esta expansión de la prensa se ubica el nacimiento de la revista Caras y caretas (1898), dirigida por José Sixto Alvarez (1858-1903) —más conocido como Fray Mocho—, cuyo gran hallazgo es la mezcla miscelánea de caricaturas e ilustraciones junto con gran cantidad de temas nacionales y extranjeros que abarcan desde noticias sociales, notas de interés general, pastillas sobre la moda, hasta consejos sanitarios. Junto a esta mezcla de notas, la revista publica textos literarios, provenientes también de estéticas diferentes: modernismo, literatura costumbrista, realista o rural

El género predominante es el costumbrismo, cuyo mayor exponente es Fray Mocho, el primer escritor profesional de la Argentina, cuyos textos más importantes son Esmeraldas. Cuentos mundanos (1885), Memorias de un vigilante (1897), Un viaje al país de los matreros; Cinematógrafo criollo (1897) y la recopilación de Cuentos de Fray Mocho (1906). En sus cuadros de costumbres, el narrador es espectador, observador o conversador, cualidades que lo habilitan para conocer a los habitantes de su ciudad y caracterizarlos en sus rasgos más sobresalientes. A través de un tipo se estudia el aspecto físico, psicología, costumbres y vida de un carácter representativo de una clase social o de un estrato ideológico o profesional. Fray Mocho asume el rol de espectador; teoriza y filosofa acerca de lo observado y resuelve con eficacia la relación del lenguaje coloquial y el lenguaje literario, convirtiendo los diferentes registros del habla porteña, tanto el lunfardo como el de las capas medias, en material narrativo.El modernismo fue un movimiento de reacción contra el romanticismo trasnochado y la rigidez del idioma castellano ante nuevas orientaciones culturales. En este intento profundo de renovación y actualización del lenguaje influyeron ideas y movimientos heterogéneos. El estudioso Pedro Henríquez Ureña sostiene que renovó integramente las formas de la prosa y de la poesía: vocabularios, giros, tipos de verso, estructura de los párrafos, temas y ornamentos. El verso tuvo desusada variedad, como nunca la había conocido antes, se emplearon todas las formas existentes y se crearon otras nuevas.

Esta revolución estética se inició en la Argentina en 1893, año en que por vez primera llega a Buenos Aires el nicaraguense Rubén Darío. El poeta ya era conocido en nuestro medio por su libro Azu/, que publicó en 1888 durante su estada en Chile, y por sus colaboraciones enviadas al diario "La Nación", a partir de 1889. Fue recibido como un maestro y agasajado en el culto ambiente intelectual y por la bohemia de la ciudad. Se ha comprobado que el modernismo debe sus comienzos al cubano José Martí (1853-1895) y al mexicano Manuel Gutiérrez Nájera (1859-1895), que iniciaron a través de la prosa un proceso de actualización literaria, antes que Darío hiciera conocer sus libros Azu/ —en prosa y verso— y Prosas profanas, en verso.
El escritor nicaraguense fue un conocedor profundo del idioma castellano y basado en su vinculación con los poetas franceses de las escuelas simbolistas y parnasianas renovó la métrica y combinó versos que hasta su época eran inconciliables —el endecasílabo y el alejandrino— y utilizó el de nueve sílabas, muy poco empleado. Se considera a Darío como el maestro del modernismo, el primer gran poeta exquisito de nuestro idioma —según Rodó— cuya influencia se esparció por América y España.
La tendencia modernista expresó una voluntad de cambio y también de disconformidad a lo español, reaccionó contra la expresión fácil para inclinarse al virtuosismo y su génesis no fue directamente importada de Europa, sino que surgió de un proceso literario americano y argentino. Por vez primera —escribió Amado Alonso— América asume la dirección poética en la lengua española. El movimiento literario no sólo recibió influencias de los parnasianos y simbolistas franceses, sino también de las mitologías griega, germánica, nórdica y precolombina.
Los modernistas renovaron el lenguaje poético y por medio de símbolos e imágenes expresaron con otro sentir la realidad. Muy sensibles y guiados por la imaginación se refugiaron en mundos del pasado irreal o lejano. Por esto, lo exótico es uno de los caracteres de esta escuela que incluyó en su temбtica la Grecia eterna, el lejano Oriente, Francia en la época borbónica y mitos clásicos, germánicos y precolombinos.
En el año 1890 y en un escrito, es Rubén Darío el que se refiere al modernismo como una corriente del pensamiento literario y poco más tarde —en 1899— esta palabra fue incorporada al Diccionario de la Real Academia Española a instancias del sabio polígrafo Menéndez y Pelayo.

Sabemos que el modernismo se inicia en la literatura argentina en agosto de 1893 con la primera llegada de Rubén Darío a Buenos Aires. Desde ese momento hasta fines de 1898 en que partió para España, la ciudad porteña —que él denominó Cosmópolis— le brindó su generosa hospitalidad y propicio ambiente cultural. Así lo reconoció el poeta al escribir: "Fue para mí un magnífico refugio la República Argentina, en cuya capital, aunque llena de tráfagos comerciales, había una tradición intelectual y un medio más favorable al desenvolvimiento de mis facultades estéticas."
La unánime simpatía con que fue recibido Darío en nuestros círculos intelectuales también contó con la adhesión del periodismo. Así lo expresó Joaquín V. González desde las columnas de "La Prensa" y Julio Piquet por intermedio de "La Nación". Aunque algunos objetaron principios de la estética modernista más tarde reconocieron la importancia y méritos de la nueva escuela literaria, particularmente después de la publicación de Prosas profanas (1896), el libro de versos que provocaría un gran cambio en la literatura de América.
Desde sus comienzos, el modernismo encontró en Buenos Aires un ambiente cultural que favoreció su aceptación. Colaboraron en este proceso la apertura de la Facultad de Filosofía y Letras, la revista "La Biblioteca" que dirigió Paul Groussac, el número creciente de periódicos, un mayor interés por los ideales de la cultura y la gradual decadencia de la poesía posromántica. En esas épocas, la capital argentina ya era una capital pujante en ostensible crecimiento, dirigida por una alta burguesía. Esta élite que en principio había apoyado el aluvión inmigratorio, hacia 1885 comenzaba a demostrar su desagrado ante la influencia extranjerizante en las costumbres y el idioma. Sin embargo, no por esto el lujo y la ostentación como también los inevitables viajes a Europa —especialmente a Francia— dejaron de ser factores predominantes de los altos círculos.
Por otra parte, después de la revolución de 1890 se consolida en nuestro país una heterogénea clase media, surgida de la inmigración, integrada en mayoría por hombres cultos —escritores, profesionales, educadores—- que se inclinan en favor de los humildes y proponen nuevas soluciones sobre la base de las doctrinas del radicalismo y del socialismo. También se inicia la lucha del proletariado ante la agitación de los anarquistas y en distintos barrios de la capital se abren centros obreros y bibliotecas con obras de literatura izquierdista.
La llegada de Rubén Darío a Buenos Aires despertó interés en los medios intelectuales, no sólo entre la alta clase social sino también en los cenáculos literarios de cafés y tertulias a las que asistían periodistas y artistas desplazados. La bohemia porteña adhirió al modernismo y provocó una especie de nivelación social y cultural, al agrupar a los poderosos patricios con hombres que bregaban por nuevas formas políticas.
Es evidente que el modernismo surgió de situaciones estéticas comunes a un período de rebeldía social y política y esto explica la mentalidad revolucionaria y disconforme de algunos destacados representantes de esta escuela literaria en nuestro medio

La difusión del modernismo
Para que la tendencia modernista cobrase impulso fue necesario que sus seguidores utilizaran en favor de la escuela, revistas literarias, periódicos, diarios, libros y tertulias culturales. La primera en iniciar la lucha por la difusión fue la "Revista de América" —de efimera existencia— que fundaron Rubén Darío y Jaimes Freyre en 1894, con el propósito de convertirla en órgano de la generación nueva. Al año siguiente comenzó la publicación de la revista semanal titulada "Buenos Aires" y, en 1896, "La Biblioteca", a iniciativa de Paul Groussac, estudioso francés que si bien no adhirió al movimiento, pues respondía a la orientación ideológica de la generación del 80, permitió que en sus páginas colaboraran varios representantes del modernismo.
En 1898 apareció la revista el "Mercurio de América" que fundó Eugenio Díaz Romero y cuya finalidad era mantener el espíritu de la innovación. Entre sus colaboradores figuraron Darío, Leopoldo Lugones, Leopoldo Díaz, José Ingenieros y otros. También deben citarse las revistas tituladas "Atlántida", "La Quincena" y "La Montaña", esta última de tendencia anarquista fundada por Lugones e Ingenieros.
En la difusión de los objetivos literarios modernistas colaboraron los diarios "La Prensa" y "La Nación", al publicar trabajos de escritores argentinos y versos originales de poetas franceses. Otros impresos difusores fueron "El Almanaque Sud-Americano" (1877) y "El Almanaque Peuser" (1888).
El Ateneo de Buenos Aires o asociación de carácter literario y artístico, surgió como centro de difusión cultural en una de las periódicas reuniones que se efectuaban en la residencia del poeta Rafael Obligado. En el trascurso de una asamblea realizada el 23 de julio de 1892 nació bajo la presidencia provisional de don Carlos Guido y Spano.
A principios de abril del año siguiente, El Ateneo se instaló en el edificio situado en la Avenida de Mayo esquina Piedras, presidido ahora por el poeta Calixto Oyuela, quien en el mes de agosto —en una reunión que contó por vez primera con la asistencia de damas—pronunció un discurso sobre el tema: La raza en el arte.
Aunque la institución estaba dirigida por un grupo de tradicionalistas, permitió el diálogo con las nuevas corrientes estéticas, quienes finalmente no tardaron en imponer sus principios renovadores.
La mayor parte de los escritores de la generación que dio impulso al modernismo en la Argentina cultivaron indistintamente la prosa y el verso, en consecuencia no sería correcto separarlos para su estudio de acuerdo con su forma de expresión, sin embargo, pueden dividirse teniendo en cuenta el aspecto en que más se destacaron dentro de su labor literaria. La escuela modernista prolongó su influencia en nuestro medio hasta la época de la muerte de Rubén Darío (1916) para luego dar curso a otras corrientes estéticas .
Entre el grupo de poetas debe citarse a Leopoldo Lugones, Leopoldo Díaz, Ricardo Jaimes Freyre —nacido en Bolivia aunque publicó casi toda su obra en nuestro país—, Eugenio Díaz Romero, Antonio Lamberti, Carlos Ortiz, Martin Goycoechea Menéndez, Carlos Becú, Matías Behety y Diego Fernández Espiro. Entre los prosistas Angel de Estrada —que también fue poeta—, Enrique Larreta, Alberto Ghiraldo y Manuel Ugarte

La generación del Centenario

Hacia 1910 nace la denominada "generación del centenario". Un componente importante dentro del clima ideológico de ese momento es el hispanismo: el espíritu de conciliación hacia España y la herencia española que tomó auge particularmente después de la guerra hispano-norteamericana, abre paso a una nueva visión del pasado y alimenta el mito de la raza. Esta nueva actitud aparece tanto en La restauración nacionalista (1922), de Ricardo Rojas, como en El solar de la raza (1913), de Manuel Gálvez, donde señala que "ha llegado ya el momento de sentirnos argentinos, de sentirnos americanos y sentirnos en último término españoles, puesto que a la raza pertenecemos". El otro componente es el nacionalismo cultural que, en el marco de una modernización, secularización e inmigración crecientes, lleva a la búsqueda de una tradición nacional propiamente literaria. Representantes de la reacción nacionalista son Ricardo Rojas, Leopoldo Lugones y Manuel Gálvez.

Estas tendencias encuentran su momento de cristalización a partir del establecimiento del Martín Fierro de José Hernández como texto fundador de la nacionalidad. A partir de esta lectura, el gaucho deja de ser el representante de una realidad bárbara que hay que dejar atrás en la marcha hacia la civilización, y se convierte en el símbolo con el que se trama una tradición nacional que el mismo progreso y la inmigración amenazan con disolver. La búsqueda por una identidad nacional lleva, desde diferentes sectores, a una revalorización del Martín Fierro, cuyo punto de condensación son las conferencias de Lugones de 1913, publicadas en 1916 bajo el título El Payador. Lugones da respuesta a una pregunta que formaba parte de las preocupaciones que anidaban en el espíritu del centenario acerca de la existencia de un poema épico que condensara y resumiera el principio original de la nacionalidad, dado que encuentra en el Martín Fierro ese poema épico fundador de la nacionalidad en el cual su héroe —el payador— sintetiza la vida heroica de la raza.

Las dos primeras décadas de la presente centuria integran en la literatura argentina el período del postmodernismo o de la "Generación del Centenario", por cuanto este movimiento cultural heterogéneo desarrolló parte de su actividad principal en tiempos de las grandes conmemoraciones patrióticas. En el aspecto de nuestra evolución política se relaciona con la primera presidencia de Yrigoyen. Fue una época de transición entre el ocaso del modernismo, que prolongó una influencia postrera y ciertas formas vanguardistas que más adelante integrarán el movimiento de la revista "Martín Fierro" y el llamado Grupo de Boedo.
Los intelectuales del postmodernismo pudieron dedicarse con intensidad a su vocación literaria y aunque en ellos se adviertan diversas sensibilidades, existió una común línea estética de conservar lo ya logrado y un intento —bien importante, por cierto— de expresar todo lo argentino en un época en que el sentimiento nacional había permanecido olvidado. Esta generación trató de liberarse de los artificios y preciosismos verbales del modernismo, depuró los aportes recibidos y buscó nuevos modos expresivos. Dio origen a un amplio proceso estético, desde preconizar por vez primera un nacionalismo literario —de oposición al europeísmo característico del 80— como parte de un extenso plan proyectado por Ricardo Rojas en la Restauración nacionalista, hasta llegar a una apertura en lo social y psicológico y un retorno a la tradición clasica.
Con un propósito de reivindicación idiomática, los escritores del Centenario bregaron por una lengua mejor y más depurada —particularmente en la expresión escrita— y se opusieron al voseo y todo intento de bastardeo lingüístico. Consideraron a España como la fuente auténtica del idioma, que en nuestro medio había sufrido la influencia de las expresiones gauchescas y lunfardas. En este movimiento de nacionalismo castizo se enrolaron —entre otros— Ricardo Rojas, Baldomero Fernández Moreno, Arturo Capdevila, Manuel Gálvez y Roberto Giusti.
La poesía continuó bajo la tutela del lirismo modernista, aunque se ensayaron nuevas formas, con un ansia de libertad tendiente a alcanzar un arte puro. Tampoco se abandonaron las auténticas corrientes clásicas y románticas.
La novela se mantuvo dentro de las corrientes realistas, en particular francesas. Su más destacado representante fue Roberto Payró —que tradujo a Emilio Zola— seguido también por Manuel Gálvez en alguno de sus libros, entre ellos el titulado La maestra normal. El realismo se expresó en la novela de costumbres campesinas con Benito Lynch.
La temática de la ciudad alcanzó un primer plano ante una generación que pudo observar la hipertrofia de Buenos Aires, con su cosmopolitismo de "ciudad-babel". El desmesurado crecimiento de la urbe porteña inspiró a los escritores en los más variados enfoques. El arrabal y los prototipos del suburbio, los temas referentes a la "mala vida", a los conventillos y vicios propios del hacinamiento que fueron expresados con realismo por Evaristo Carriego, Manuel Gálvez y Héctor Pedro Blomberg, entre otros.
La literatura de imaginación se enroló de preferencia en la cuestión social del hombre frente al mundo que lo rodea, pero no sólo en el aspecto urbano sino también rural. Dentro de un tono redentor, irónico, sentimental y hasta didáctico, se realizó una atenta descripción de la miseria entre los desheredados de las ciudades y la angustia del campesino ante la explotación rural.
Debido a su brevedad, el cuento alcanzó buena difusión y fue apoyado por un público constante, lector de diarios y revistas. En este género se destacó, con un marcado acento de tragedia y fatalidad, el rioplatense Horacio Quiroga, nacido en Uruguay pero que escribió y publicó toda su obra en la Argentina.

Revistas literarias

En el panorama generacional del Centenario se producen nuevos aportes que favorecen la actividad del intelecto. Se impone el profesionalismo entre los escritores pues la mayoría de ellos viven de su pluma o desempeñan actividades acordes con su capacidad. El 29 de setiembre de 1910 fue promulgada la ley de propiedad literaria y en 1913 Ricardo Rojas inaugura en la Facultad de Filosofía y Letras la cátedra de Literatura Argentina, la primera de esta asignatura que funcionó en el país. Poco más tarde, el mismo estudio figuraría en los programas de la enseñanza secundaria.
La publicación de la Historia de la literatura argentina, de Ricardo Rojas, significó un acontecimiento de importancia en el panorama de la labor intelectual. La primera edición vio la luz dividida en cuatro tomos de formato mayor, de acuerdo con el siguiente orden cronológico: Los gauchescos (1917); Los coloniales (1918): Los proscriptos (1920), y Los modernos (1922). La obra obtuvo el Premio Nacional de Letras otorgado por la Universidad de Buenos Aires. En este trabajo fundamental, consecuencia de numerosas lecturas e investigaciones personales en diversos archivos, el autor creó cuatro grandes ciclos para ofrecer por vez primera un estudio sistemático de nuestra literatura y también —como lo aclara en el subtítulo— un ensayo filosófico sobre la evolución de la cultura en el Plata. Partiendo de la doctrina la tierra forja la raza, Ricardo Rojas, basado en su credo indianista, presenta a la literatura en función de la nacionalidad.
La disminución de los índices de analfabetismo —debido a la aplicación de la Ley N° 1420— y el gradual aumento de un público lector surgido en gran parte de la clase media motivó que a partir del año 1915 algunas editoriales privadas iniciaran la difusión de libros pertenecientes a autores nacionales. En esta forma aparecieron las Ediciones Mínimas y La Biblioteca Argentina, seguidas, por La Cultura Argentina, esta última bajo la dirección de José Ingenieros, que abarató los precios de venta para extender su función educativa.
A comienzos de este siglo aparecieron revistas literarias que fueron portavoces de un grupo, el cual a su vez, expresó los puntos de vista de su generación. Esta actividad crítica, a veces con enfoques novedosos que aún tienen vigencia, se expresó a través de algunas publicaciones especializadas. La primera de ellas fue " Ideas" (1903-1905), que fundaron Manuel Gálvez y Ricardo Olivera. Le siguió la revista literaria más importante de las primeras cuatro décadas de este siglo en la Argentina, titulada "Nosotros", que apareció en dos épocas (1907-34 y 1936-43). En los 390 números de su larga existencia enroló a los más destacados escritores y críticos de nuestro medie. Fue dirigida por Roberto Giusti y Alfredo Bianchi.

El primer número de la revista "Ideas" tiene fecha del 1° de mayo de 1903. La colección completa comprende seis tomos. El primer artículo titulado Sinceridades, lo firma Ricardo Olivera, quien en uno de sus pasajes escribe: "No es una revista conservadora ni tampoco una revista revolucionaria: no pertenece a ninguna escuela. En sus páginas recibirán hospitalidad afectuosa todos nuestros verdaderos intelectuales ".
El primer tomo comprende los números de mayo, junio, julio y agosto de 1903; el segundo tomo los correspondientes a setiembre, octubre, noviembre y diciembre de ese año. En total 8, numerados mensualmente. El tercero y cuarto tomos abarcan los núrneros de enero a agosto de 1904. El quinto los comprendidos entre setiembre y diciembre de ese año. En total del 9 al 20. El sexto tomo comprende los números editados mensualmente entre enero y abril de 1905 (del 21 al 24).
Entre los primeros colaboradores de "Ideas" recordemos a Ricardo Olivera, Emilio Ortiz Grognet, Julián Aguirre (Música), Juan Pablo Echagüe (Letras Argentinas), Emilio Becher (Letras Francesas), Manuel Gálvez (Teatro), Martín Malharro (Pintura y Escultura). Luego se incorporaron Ricardo Rojas (Letras Hispanoamericanas), Atilio Chiappori (Letras Argentinas), Abel Cháneton (Teatro), etc.
La colección de "Nosotros" es el fiel testimonio de toda una época en la literatura de nuestro país. La revista fue testigo de un largo período de evolución cultural y en sus páginas tuvieron cabida numerosos escritores, desde los representantes de la bohemia de principios de siglo, hasta los vanguardistas de épocas más recientes.
La amistad entre sus directores Giusti y Bianchi surgió años atrás, en las aulas de la Facultad de Filosofia y Letras de Buenos Aires. Ellos concibieron la nueva publicación y Alberto Gerchunoff fue quien sugirió el título. En 1910, la revista debió interrumpir por un año su contacto con los lectores. En julio de 1912 y debido a problemas económicos se organizó la Sociedad Cooperativa Nosotros que presidió Rafael Obligado. A partir de entonces la revista cambió de formato, amplió el número de sus páginas e incorporó nuevos colaboradores, hasta contar con la casi totalidad de los escritores más representativos de aquella época. En 1921, "Nosotros" publicó el manifiesto del "ultraismo" de Borges y, al año siguiente, la primera antologia de esa orientación literaria. El último número de la primera época de la revista es el 299-300, correspondiente a abril-diciembre de 1934.
Dieciséis meses despues comenzó la segunda época (abril de 1936) que comprende 90 números. En el primero realizó una encuesta sobre "América y el destino de la civilización occidental", que obtuvo la respuesta de muy destacados escritores. El número correspondiente a mayo-julio de 1938 dio a conocer una muy importante documentación sobre Lugones. El último número extraordinario correspondiente a abril-junio de 1943 (85-87) está dedicado a la memoria de uno de sus directores, Alfredo Bianchi, fallecido poco antes.
Finalmente, "Nosotros" dejó de aparecer en setiembre de 1943.

El creciente interés del público por obras en prosa y en verso de autores nacionales motivó la publicación —en la segunda década de la presente centuria— de tres antologías literarias: Nuestro Parnaso creada por Erneslo Barreda, Anlología contemporánea de poetas argentinos de Ernesto Morales y Diego Novillo Quiroga, y una selección efectuada por Manuel Gálvez con el título de Los mejores cuentos.

Poetas y prosistas
Numeroso y calificado es el grupo intelectual que puede ubicarse dentro de la generación que nos ocupa. Es conveniente aclarar que el ordenamiento en poetas y prosistas siempre ofrece dificultades, por cuanto son varios los que cultivaron con igual acierto ambos medios expresivos.
Entre los poetas y dentro del lirismo predominante, se advierten diversos matices. Algunos como Ricardo Rojas, Enrique Banchs, Arturo Marasso y Pedro Miguel Obligado utilizaron el verso con severa sobriedad y contención del sentimiento; otros fueron evocativos y emocionales —Arturo Capdevila, Alfonsina Storni— o bien se destacaron por su sencillez y fuerza expresiva, como Baldomero Fernández Moreno o Evaristo Carriego.
La prosa que comprende a los narradores y ensayistas que continuaron dentro del realismo tradicional reunió figuras de alto nivel. Cabe mencionar nuevamente a Ricardo Rojas y Arturo Capdevila junto a Horacio Quiroga, Manuel Gálvez, Alberto Gerchunoff, Hugo Wast (seudónimo de Gustavo Martínez Zuviría) Carlos Alberto Leumann, etc. Dentro de esta generación y con matices de costumbrismo y narrativa rural, deben recordarse los nombres de Roberto Payró, Benito Lynch y Ricardo Güiraldes.



DECADA DEL 20.

En 1921 se publica en la revista Nosotros (fundada en 1907) el manifiesto titulado "Ultraísmo", escrito por Jorge Luis Borges (1899-1986) que, después de vivir varios años en Europa, regresa al país y da a conocer los principios de la escuela ultraísta, concebida en España bajo el magisterio de Rafael Cansinos-Assens. El ultraísmo es una particular versión española de las tendencias vanguardistas (futurismo, cubismo, expresionismo, dadaísmo, surrealismo) que renovaron la literatura y el arte europeos en las primeras décadas del siglo veinte. De esta manera, Borges enuncia un programa poético que se traduce en la búsqueda de un lenguaje capaz de prescindir de nexos causales para traducir, a partir del ritmo y la metáfora, las emociones y sensaciones en estado puro. Al año siguiente, acompañado por Eduardo González Lanuza (1900), Guillermo Juan (1906) y Francisco Piñero, lanza la revista mural Prisma, de la que sólo se publican dos números. Le siguen Proa (primera y segunda época) e Inicial. En febrero de 1924 nace Martín Fierro, la más exitosa de las revistas de vanguardia aparecidas en Buenos Aires, dirigida por Evar Méndez (1888-1955). Muy pronto, se erige en la más representativa del vanguardismo local y núclea en su redacción a Borges, González Lanuza, Oliverio Girondo (1891-1967), Leopoldo Marechal (1900-1970), Francisco Luis Bernárdez (1900-1978), Cayetano Córdova Iturburu (1902), Nicolás Olivari (1900-1966), Xul Solar (1887), Norah Lange (1906-1972), Pablo Rojas Paz (1896-1956), Horacio Rega Molina (1899-1957), Brandán Caraffa (1898), Conrado Nalé Roxlo (1898-1971), y los hermanos Enrique y Raúl González Tuñón (1901-1943 y 1905-1974), respectivamente), entre otros.

La primera definición de estos jóvenes es la de reaccionar contra una situación cultural que juzgan rutinaria y caduca. Los rasgos centrales de la revista son el desenfado y la irreverencia con que juzga la crítica artística, el tono festivo del que aparece rodeada la actividad literaria, la virulencia de las polémicas, la búsqueda de un criollismo que conjugue la tradición nacional con estéticas europeas. Ya en el primer número de la revista se pueden leer, por ejemplo, un artículo sobre la obra de Apollinaire, una serie de "membretes" de Oliverio Girondo y el despliegue de ese humor desenfadado e ingenioso que, a través de sus páginas, se prodigó en innumerables baladas, odas, romances burlescos, parodias, epigramas y epitafios. En el número cuarto, un "Manifiesto" redactado por Girondo insistió en la denuncia y en postular una "nueva sensibilidad" y "una nueva comprensión" que "nos descubre insospechados y nuevos medios y formas de expresión".

Los jóvenes desplazan la literatura de Lugones como modelo literario hegemónico y rescatan la obra de dos "mayores", hasta ese momento olvidados: Macedonio Fernández (1874-1952) y Ricardo Güiraldes (1886-1927). En efecto, con la aparición de las revistas de vanguardia, Macedonio Fernández se incorpora en la vida literaria porteña a través de múltiples colaboraciones y la publicación de No toda es vigilia la de los ojos abiertos (1928) y Papeles de Recienvenido (1929). Más tarde publica Una novela que comienza (1940) y, luego de su muerte, aparecen Museo de la novela de la Eterna (primera novela buena) (1967) y Adriana Buenos Aires (última novela mala) (1974). La obra de Macedonio, concebida como suma de fragmentos donde convive la ficción con la reflexión crítica y teórica sobre la literatura, es la negación de todo intento de realismo como modo de representación. Los cruces de géneros, el uso del humor y la ironía, el absurdo como forma de conocimiento, el desenfado ante los grandes temas y los juegos verbales anticipan la búsqueda de los martinfierristas, centralmente de Borges, que lo erigen en maestro de su generación.

Asimismo, Ricardo Güiraldes, cuyos primeros libros —Cuentos de muerte y de sangre (1915), Raucho (1917), Rosaura (1922) y Xaimaca (1923)— no concitan el favor de la crítica, se incorpora a la militancia vanguardista como codirector de Proa (junto a Borges, Brandán Caraffa y Pablo Rojas Paz) y colaborador de las revistas Martín Fierro y Valoraciones. En 1926 aparece Don Segundo Sombra, cuyo éxito inmediato lo consagra como escritor. Libro de aprendizaje de la vida del gaucho, construye una utopía rural en la cual se logra la síntesis de dos culturas (de la ciudad y del campo) y de dos estéticas (la literatura rural y el simbolismo francés), a través de la integración del hombre y la naturaleza, la naturaleza y la sociedad, el hombre y la sociedad, que desconoce los conflictos y tensiones característicos de los procesos de modernización urbana y rural.

Los martinfierristas —integrantes del denominado grupo de Florida por la cosmopolita calle porteña, sede de la redacción de Martín Fierro— son la expresión local de las vanguardias que hacia la primera posguerra dominaron el panorama de la cultura occidental. Al optar por el credo ultraísta, cuya poética privilegia el uso intensivo de la metáfora, su producción se da sobre todo en verso: Veinte poemas para ser leídos en el tranvía (1922) y Calcomanías (1925), de Girondo; Fervor de Buenos Aires (1923), Luna de enfrente (1925) y Cuaderno San Martín (1929), de Borges; El grillo (1923), de Nalé Roxlo; Prismas (1924), de González Lanuza; La amada infiel (1924), de Olivari; La calle de la tarde (1925) y Los días y las noches (1926), de Norah Lange; El violín del diablo (1926) y Miércoles de ceniza (1928) de Raúl González Tuñón; Días como flechas (1926) de Marechal; La metáfora y el mundo (1926) de Rojas Paz; Molino rojo (1926) de Jacobo Fijman; La danza de la luna (1925) de Córdova Iturburu; La danza de la luna (1925) de Brandán Caraffa; y El imaginero (1927) de Ricardo Molinari.

Al mismo tiempo que surgen los martinfierriestas, ultraístas, vanguardistas o integrantes del grupo de Florida, prospera otro nutrido grupo de escritores que cultivan preferentemente la prosa —cuento y novela—, que propugnan un arte "en función social", y eligen como sede y símbolo la calle Boedo —arteria principal de un barrio obrero—. Este grupo también tiene importantes publicaciones: Extrema izquierda (agosto de 1924) dirigida por Antonio Zamora, director también de Los Pensadores (diciembre de 1924) y Claridad (julio de 1926), en las que colaboran Elías Castelnuovo (1893-1982), Leónidas Barletta (1902-1975), Roberto Mariani (1892-1946), Lorenzo Stanchina (1900), Álvaro Yunque (1889-1982), César Tiempo (1906-1980), Pedro Juan Vignale (1903), Enrique Amorim (1900-1960), Luis Emilio Soto (1902-1970) y Gustavo Riccio (1900-1927). Los principales libros del movimiento boedista son Tinieblas (1923), primer libro de relatos de Castelnuovo, de corte naturalista, que revela su preocupación por los seres marginales y las formas coercitivas de una sociedad injusta; la novela de Barletta Royal Circo (1927), de un realismo enriquecido por la observación psicológica; los célebres Cuentos de la oficina (1925) de Mariani, que alejados del patetismo del boedismo y con un discreto uso de la ironía, narran la gris epopeya tanto de obreros como de empleados de oficina; Versos de la calle (1924), Barcos de papel (1926) y otros volúmenes de Yunque.

El escritor de mayor talento que se suele adscribir al grupo, aunque perteneció a él de manera muy tangencial, es Roberto Arlt (1900-1942), con quien nace la novela urbana y moderna del siglo veinte en la Argentina. Las novelas y relatos de Arlt (El juguete rabioso, 1926; Los siete locos, 1929; Los lanzallamas, 1931; El amor brujo, 1932; El jorobadito, 1933) incorporan los materiales nuevos de la ciudad moderna y apelan a los nuevos saberes (tecnología, teosofía, invención, etc.) para percibir el escenario urbano y representarlo. El léxico de la química, la física, la geometría, la electricidad y el magnetismo le proporciona una enciclopedia con la cual representar también la subjetividad y el paisaje. Periodista, novelista y dramaturgo, Arlt presenta una galería de personajes marginales, desplazados, alucinados, en los cuales la angustia del hombre moderno tiene como base el desmoronamiento de los sistemas de valores previos a la primera guerra mundial.

No todos los escritores se adscribieron a estos grupos, como ejemplo podemos mencionar a la poetisa Alfonsina Storni, que proviniendo de un hogar humilde y madre soltera por propia decisión se labro un gran respeto en los círculos literarios debida a su propio esfuerzo.



DECADA DEL 30.

El malestar de la crisis política y económica de 1930 incide hondamente en la literatura argentina. Durante la década se publican los denominados "ensayos de interpretación nacional" que recogen una intuición acerca de la finalización de un ciclo histórico y que denuncian, con dramatismo, la caducidad de fórmulas ideológicas y modos de vida: El hombre que está solo y espera (1931), de Raúl Scalabrini Ortiz; Radiografía de la pampa (1933), de Ezequiel Martínez Estrada; e Historia de una pasión argentina (1937), de Eduardo Mallea. La visión más pesimista sobre el futuro del país es la de Ezequiel Martínez Estrada (1895-1965), que piensa que la Argentina, por su constitución, no tiene posibilidad de reparar aquellos pecados sobre los que fue fundada. Poeta modernista en sus comienzos (Oro y piedra, 1918; Argentina, 1927), con Radiografía de la pampa cancela lo que él denomina "la adolescencia mental y la época de vida consagrada al deporte, a la especulación y al culto de las letras" para definir una nueva forma de relacionarse con lo público y con el campo cultural. Una de las hipótesis centrales de Radiografía de la pampa es el carácter reflejo de la cultura americana respecto de la cultura europea, que incorporó lo europeo en un espacio culturalmente vacío. Con estos comienzos, la cultura en América no puede ser sino una cultura de máscara dado que el primer producto poblacional ya fue un producto degradado porque fue un producto mestizo, resultado de una violación. El proceso de mestizaje ha vencido sobre cualquier posibilidad de generar tipologías y valores que permitan incorporar a la Argentina en el mundo moderno, el mundo del trabajo y del intelecto. Por lo tanto, Martínez Estrada lee el pasado y el presente de la Argentina desde un pecado de origen que predestina el futuro del país, un origen determinado por el mestizaje y el simulacro, al que David Viñas denomina fatalismo telúrico, una perspectiva irracionalista que tiene como rasgos centrales una circularidad repetitiva contrapuesta a toda posibilidad de cambio, la versión naturalista que bloquea todo reconocimiento histórico, y el uso de la categoría de destino que predispone de antemano el desarrollo de la historia.

En cambio, Eduardo Mallea (1903-1982) en Historia de una pasión argentina retoma tópicos, figuras y motivos del nacionalismo espiritualista del centenario para plantear la división entre dos Argentinas antagónicas: una Argentina visible, materialista y adventicia, y una Argentina invisible, donde yacen sumergidos los valores esenciales que en ese presente se han perdido. El mediador entre la Argentina visible y la invisible es el intelectual, cuya misión es revelar la Argentina invisible, sacarla a la superficie, denunciar todas las falencias de la Argentina visible. Dado que es la modernidad la que destruye las totalidades orgánicas e introduce la obsesión materialista, la función del intelectual es restituir un orden y descubrir cuáles son los elementos invisibles por los cuales ese orden puede construirse. La posición optimista de Mallea es que el orden social puede ser alterado por el intelectual dado que puede poner en comunicación lo visible y lo invisible.

La ensayística de los años treinta encuentra un espacio de diálogo importante en la revista Sur, fundada por Victoria Ocampo en 1931, revista que tiene como centro de su política cultural la traducción de textos europeos. La traducción es el gesto hegemónico que organiza al resto de los materiales, a través de la cual Sur se erige como el espacio de cruce de culturas, de lenguas y de intertextualidad, en un intento de apertura al mundo como modo de romper el provincialismo cultural. Asimismo, la revista muestra el impacto del pensamiento de José Ortega y Gasset, dado que en la formulación de "yo soy yo y mi circunstancia" prevalece la idea de que los hombres deben alcanzar su verdadera identidad mediante el proceso de reconocer sus auténticas circunstancias y actuar sobre ellas, y que los intelectuales latinoamericanos deben buscar su razón vital analizando su propia sociedad en lugar de imitar modelos extranjeros. Esta línea de pensamiento, representada por los ensayistas preocupados en la moral, en la relación del intelectual con su sociedad y en el realismo (Eduardo Mallea, H. A. Murena o Ezequiel Martínez Estrada), está presente en los primeros años de Sur como intento de definir la naturaleza auténtica del argentino. Por otro lado, hay un segundo grupo en la revista, que está formado por los que reflexionan sobre el arte de la ficción. En este grupo se ubican Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares (1914), Silvina Ocampo (1903-1993), José Bianco (1911-1986), Manuel Peyrou (1902-1974), Santiago Davobe (1889-1952) y Enrique Anderson Imbert (1910) que, si bien en un primer momento forman parte de un grupo marginal dentro de Sur, introducen la literatura fantástica y policial, como géneros privilegiados de literatura no referencial. A partir de la década del cuarenta este grupo comienza a publicar en las páginas de la revista con mayor frecuencia, centralmente a partir de la publicación de la Antología de la literatura fantástica (1940) de Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo.



DECADA DEL 40

La finalización de la guerra civil española en 1939 incide fuertemente en la vida literaria y editorial porteña. Diversos emigrados españoles llegados de la zona republicana dan comienzo a un nuevo período en la industria editorial argentina, al participar en la fundación de empresas que rápidamente adquieren notable importancia. Este es el caso de Arturo Cuadrado en Emecé Ediciones, Antonio López Llausás en Editorial Sudamericana y Gonzalo Losada en Editorial Losada. Este crecimiento de la industria del libro, con sus nuevos proyectos destinados a un público masivo, y la ampliación del mercado lector, supone una correlativa extensión de las posiblidades laborales de los escritores, que convierten en actividad paralela las funciones de asesor literario, director de colección, corrector de pruebas, lector, y sobre todo, traductor: Emecé, con Borges, Mallea y Bioy Casares; Sudamericana, con Ramón Gómez de la Serna; Losada, con Francisco Romero, Guillermo de Torre, Amado Alonso y Pedro Henríquez Ureña; Hachette, con Rodolfo Walsh.

Asimismo, se incorporan nuevos géneros literarios destinados a un público masivo: durante la década del cuarenta el género policial adquiere gran masividad con la aparición de importantes colecciones que publican policiales de autores extranjeros y nacionales. En 1945 Borges y Bioy Casares crean para Emecé la colección "El Séptimo Círculo"; la editorial Acme Agency lanza sus colecciones "Rastros" y "Pistas", destinadas a un público menos sofisticado, que incluye más escritores nacionales; y "Hachette" impone dos colecciones de excelente nivel: "Serie Naranja" y "Evasión", en las cuales colabora Rodolfo Walsh, en su múltiple condición de lector, traductor, antólogo y autor. En estas colecciones se privilegia la novela policial de enigma de origen anglosajón, caracterizada por su sometimiento a rigurosas normas de construcción, por su ordenamiento en torno a un enigma que debe ser develado conforme a ciertas pautas de congruencia lógica y por la figura de un detective que se maneja con el exclusivo socorro de la inteligencia, sin apelar a indicios materiales, recursos sobrenaturales o trucos evidentes.

Durante estos años, es posible reconocer la existencia de un conjunto de autores que, con una voluntad explícita de elevar artísticamente el género, apuestan a consolidarlo en su versión nacional a través de la creación de un ambiente argentino: Borges y Bioy Casares (bajo el seudónimo de H. Bustos Domecq) publican Seis problemas para don Isidro Parodi en 1942; Leonardo Castellani (1899-1981), Las nueve muertes del Padre Metri (1942) y Las muertes del Padre Metri (1952); Bioy Casares, El perjurio de la nieve (1944); Marco Denevi (1922), Rosaura a las diez (1955); Manuel Peyrou, El estruendo de las rosas (1948), La noche repetida (1953) y La espada dormida (1954); y Rodolfo Walsh (1927-1977), Variaciones en rojo (1953), entre otros.

Asimismo, la década del cuarenta asiste a la consolidación del género fantástico, cuyos mayores exponentes se agrupan alrededor de la revista Sur y producen las mejores obras del género. José Bianco, secretario de redacción de Sur desde 1938 hasta 1961, publica en 1941 Sombras suele vestir y en 1943 Las ratas, dos relatos breves que se inscriben en la línea diseñada por Henry James: ambigüedad del lenguaje, uso muy elaborado de la perspectiva desde la cual se narra el relato, historias fuertemente equívocas, con omisiones deliberadas y escamoteo de informaciones que permitan fijar un sentido unívoco. Más estrictamente vinculados a los procedimientos del género fantástico son los relatos de Santiago Davobe (La muerte y su traje, publicado después de su muerte, en 1961), Manuel Peyrou (El estruendo de las rosas, 1948; La noche repetida, 1953; y Las leyes del juego, 1959), preocupados por la construcción de climas extraños y misteriosos, con efectos sorpresivos y complejidades lúdicas; y Enrique Anderson Imbert (El mentir de las estrellas, 1940; Las pruebas del caos, 1946; y El gato de Cheshire, 1961), cuyos cuentos presentan una realidad ordinaria que se ve interrumpida por un hecho sobrenatural donde se transgreden las leyes físico-naturales y las normas de la lógica.

Es en la década del cuarenta cuando Borges publica sus relatos más importantes: El jardín de los senderos que se bifurcan, (1941), Ficciones (1944) y El Aleph, (1949), a través de los cuales su obra aparece ligada a la actitud vanguardista en su cuestionamiento de los modos convencionales del relato y la intensificación de los procedimientos que señalan la índole ficticia, puramente verbal del texto. Borges propone una literatura construida en el cruce de la cultura europea con la inflexión rioplatense del castellano en el escenario de un país marginal. De allí la elección de una materia narrativa de segundo orden (relatos policiales, historias de piratas y delincuentes) y la reescritura de esas fuentes que cuestionan la originalidad a través de la parodia, la ironía y la distancia. Los textos de Borges surgen siempre de otros textos previos: las tramas de sus ficciones se superponen con otras tramas, varían historias propias o ajenas, sostienen que toda escritura es la variación de otra escritura o lectura previa. Asimismo ponen en escena una representación no fundada en la mimesis referencial dado que, en lugar de una referencia externa a los textos, Borges propone a la biblioteca como condición de la literatura.

Sosteniendo principios estéticos similares, la obra de Bioy Casares comienza con La invención de Morel (1940), y a ella le siguen Plan de evasión (1945), La trama celeste (1948) y Las vísperas de Fausto (1949). En estos primeros textos, Bioy Casares apela centralmente a los procedimientos de los relatos policiales y fantásticos como antítesis formal al caos de la experiencia humana: "Ambos géneros —afirma Bioy Casares — exigen una historia coherente, es decir, un principio, un medio y un fin. Nuestro siglo propende a la romántica veneración del desorden, de lo elemental y de lo caótico. Sin saberlo y sin proponérselo, no pocos narradores de estos géneros han mantenido vivo un ideal de orden, una disciplina de índole clásica. Aunque sólo fuera por esta razón, comprometen nuestra gratitud". En 1954, con El sueño de los héroes, Bioy Casares abandona los escenarios remotos y decididamente artificiosos y erige su historia en el ámbito de Buenos Aires: en una geografía barrial porteña sus textos entremezclan situaciones inusitadas o hechos fantásticos, sin descuidar la reconstrucción realista de la ciudad, de sus tipos y, centralmente, de los diferentes registros del habla coloquial. Inicio de un fantástico cotidiano o fantástico costumbrista que reaparece en sus novelas posteriores Diario de la guerra del cerdo (1969) y Dormir al sol (1973), y en sus libros de cuentos: El lado de la sombra (1962), El gran Serafín (1967), El héroe de las mujeres (1978), Historias desaforadas (1986).

Si en la elección de géneros y en su concepción de la literatura los escritores cercanos al grupo de Sur trabajan con las mismas hipótesis, la literatura de Silvina Ocampo se diferencia notablemente del tono y el decoro de Borges y Bioy Casares en la fascinación por la crueldad y por revelar el otro lado de la moral de la clase de la cual proviene: "En los relatos de Silvina Ocampo —señala Borges— hay un rasgo que no alcanzo a comprender, ese extraño amor por cierta crueldad inocente u oblicua; atribuyo ese rasgo al interés, al interés sorprendido, que el mal inspira en las almas nobles. El presente, dicho sea de paso, acaso no sea menos cruel que el pasado, o que los distintos pasados, pero sus crueldades son clandestinas". Sus cuentos (Viaje olvidado, 1937; Autobiografía de Irene, 1948; La Furia, 1959; Las invitadas, 1961; Los días de la noche, 1970; Cornelia frente al espejo, 1988) se caracterizan por la presencia de narradores incompetentes que no diferencian el bien del mal y son incapaces de dar cuenta de sus actos; son narradores distantes de toda valoración ética, a través de los cuales se expulsa toda pauta social.

Son textos que se alejan de cualquier forma de realismo a través de una exageración que corroe sistemáticamente estructuras y lenguaje tradicionales, y que denuncian las convenciones que rigen la visión del mundo que los origina.

A finales de la década, se inicia la obra narrativa de dos escritores ajenos a cenáculos y grupos: Leopoldo Marechal (1900-1970) y Ernesto Sábato (1915). Marechal publica en 1948 Adán Buenosayres, extensa y compleja novela, punto de partida de una renovación estética en la prosa por la incorporación de diferentes niveles del habla coloquial, monólogo interior, simultaneidad de relatos, condensación del tiempo de la narración, pluralidad de voces, estilos y géneros contrapuestos. A esta novela le siguen El banquete de Severo Arcángelo (1965) y Megafón, o la guerra (1970). Sábato publica también en 1948 su primera novela, El túnel, en la cual inicia una línea de introspección existencialista que reaparecerá en novelas posteriores: Sobre héroes y tumbas (1962), novela de estructura barroca que superpone varias líneas narrativas, y Abbadón el Exterminador (1974).



DECADA DEL 50.

A comienzos de la década, en noviembre de 1953, nace la revista Contorno, dirigida por Ismael Viñas (1925). Sus integrantes son los jóvenes universitarios David Viñas (1927), Juan José Sebreli (1930), Adolfo Prieto (1928), Ramón Alcalde (1922), Adelaida Gigli (1929), Oscar Masotta (1930-1980), León Rozitcher (1924), Noé Jitrik (1928), que realizan una revisión del pasado argentino para elaborar una salida para la problemática nacional. Hasta 1955 la revista sólo se ocupa de temas literarios, en un programa de reordenamiento de la tradición intelectual argentina y la construcción de una nueva línea. Después del golpe de estado, Contorno se convierte en una revista de discusión política donde se examina la experiencia peronista y se buscan alternativas que conjuguen los ideales marxistas y existencialistas del grupo. El movimiento central de Contorno es ubicar a la literatura argentina en la serie histórica, donde la política revela a la literatura y la literatura puede ser metáfora de la política, en una relectura que traza otros lineamientos, al recolocar y desplazar a distintos autores. En esta nueva organización del sistema literario, las lecturas fundamentales de Contorno marcan la centralidad de Roberto Arlt y Ezequiel Martínez Estrada, y el desplazamiento de Eduardo Mallea y Jorge Luis Borges.

Contorno es el espacio de producción textual en el cual se constituye el discurso crítico y la literatura de David Viñas. Sus primeros textos narrativos, de alguna manera, son la realización del programa de Contorno en la narrativa: la introducción de lo político y de la historia nacional en los textos literarios como materiales dominantes en sus textos, para cubrir los ciclos históricos argentinos: el roquismo en Cayó sobre su rostro (1955), el peronismo en Los años despiadados (1956), la década infame en Un dios cotidiano (1957), el yrigoyenismo en Los dueños de la tierra (1958) y La semana trágica (1966), el frondizismo en Dar la cara (1962) y Las malas costumbres (1963). En estos libros es central la idea de un sujeto condenado a su libertad y condenado a elegir en una versión literaria del existencialismo de Sartre, que aparece en su narrativa en la elaboración de personajes situados, definidos en su relación con los histórico y lo social, y en la elección de conflictos y temas que ponen en primer plano los problemas de libertad y elección. En sus últimas novelas -Cuerpo a cuerpo (1979) y Prontuario (1993)-, Viñas explora la frustración y la persecución de los intelectuales argentinos durante la dictadura militar, durante la cual la violencia del terrorismo de estado no tolera a los disidentes, y los intelectuales son eliminados o absorbidos por el régimen.

La década del cincuenta se caracteriza por una reformulación de los procedimientos del realismo que retoma las líneas abiertas por la literatura de Boedo, preocupada por dar cuenta del contexto social. Sus mayores exponentes son Bernardo Kordon (1915) que, en La reina del Plata (1946), De ahora en adelante (1952), Vagabundos en Tombuctú (1956), Domingo en el río (1960) y Vencedores y vencidos (1965), se aferra a lo real sin incurrir en moralejas y sin desdeñar la visión irónica; Bernardo Verbitsky (1907-1979) que aborda la descripción de la vida urbana y de los ambientes cotidianos de los marginales y de la clase media en Es difícil empezar a vivir (1941), En esos años (1947), Café de los Angelitos y otros cuentos porteños (1950), Una pequeña familia (1951), Villa miseria también es América (1957) y Calles de tango (1958); Roger Pla (1912) que, en Los robinsones (1946), El duelo (1951), Paño verde (1955), introduce una preocupación experimental y la configuración de un espacio narrativo abierto, que exige la participación activa del lector por el peculiar tratamiento del tiempo y el uso de monólogo interior; y Beatriz Guido, que ofrece una visión crítica de la burguesía a través de una indagación histórico-social en La casa del ángel (1954), La caída (1956), Fin de fiesta (1956) y La mano en la trampa (1961). Otros escritores del período son Arturo Cerretani (1902), Gastón Gori (1915), Ernesto Castro (1902), Alberto Vanasco (1925) y Joaquín Gómez Bas (1907).

En estos mismo años, la literatura de Andrés Rivera (1928) también se incorpora a la polémica sobre el realismo pero desde otro lugar del campo cultural, dado que su militancia en el Partido Comunista y su origen de clase (obrero textil) producen una literatura que introduce un nuevo tipo literario, la figura del militante sindical, constituyéndolo así en el autor de los primeros relatos obreros modernos de la narrativa argentina (El precio, 1957; Los que no mueren, 1959; Sol de sábado, 1962; Cita, 1966; El yugo y la marcha, 1968; Ajuste de cuentas, 1972). A diferencia la propuesta de los escritores de Contorno, que ponen en el intelectual el factor de cambio, Rivera se ajusta a los cánones del realismo socialista introduciendo una figura de militante fuertemente tipificado en el que se condensan un conjunto de virtudes o defectos morales. Su literatura elige como zona privilegiada de conflicto el momento de la huelga porque ante ella los personajes deben elegir su grado de compromiso y actuar en consecuencia. Esta postura clasista, intensificada en su primera etapa narrativa, es abandonada en el ciclo que se abre con Una lectura de la historia (1982) y Nada que perder (1982), momento a partir del cual su literatura trabaja con los procedimientos desviados de la novela histórica (En esta dulce tierra, 1984; Apuestas, 1986; La revolución es un sueño eterno, 1988; Los vencedores no dudan, 1989; El amigo de Baudelaire, 1991; La sierva, 1992; Mitteleuropa, 1993; El verdugo en el umbral, 1994).

A mediados de la década del cincuenta comienza la producción de Rodolfo Walsh (1927-1977), el creador de la novela de no-ficción en la Argentina. Si bien su primer libro es la compilación de tres cuentos policiales clásicos (Variaciones en rojo, 1953), muy pronto abandona los procedimientos más típicos del género: con Operación Masacre, de 1957, Walsh inicia una serie de textos -¿Quién mató a Rosendo? (1969) y El caso Satanovsky (1973)- en los cuales una investigación periodística (el fusilamiento clandestino de inocentes en el levantamiento del general Valle en junio de 1956, los asesinatos del sindicalista Rosendo Juárez y del abogado Marcos Satanovsky) sirve de punto de partida para la narración de hechos reales por medio de procedimientos ficcionales. En estos textos, Walsh construye la figura del periodista-justiciero para narrar la historia de una investigación y el resultado de esa investigación, que reemplaza una historia que fue silenciada y no fue escrita por los jueces. En ellos, Walsh incorpora las técnicas de la investigación periodística y los procedimientos del género policial clásico, como el uso del enigma y del suspenso, politizando sus estrategias centrales. Asimismo, durante la década del sesenta, Walsh escribe tres libros de cuentos (Los oficios terrestres, 1965; Un kilo de oro; 1967 y Un oscuro día de justicia, 1967 —publicado en 1973—), escritura de ficciones que abandona durante su militancia política en los años setenta. El 24 de marzo de 1977, a un año de instaurada la dictadura militar en la Argentina, envía su célebre "Carta a la Junta Militar"; al día siguiente es asesinado en la vía pública. Su cuerpo está desaparecido.



AUGE DE LOS 60.

Dentro del campo de la literatura latinoamericana, la década del sesenta configura el marco de una intensa renovación narrativa que, desde el punto de vista editorial y de público, da origen al denominado boom de la literatura latinoamericana. En la Argentina, este proceso tiene como centro de divulgación al Instituto Di Tella, centro de experimentación estético y científico, que promueve la investigación en ciencias sociales y la modernización artística y audiovisual (teatro, happenings, cine, literatura, plástica), y a la revista Primera Plana (1962) que, dirigida por Jacobo Timmerman, acerca la nueva literatura a sectores mayores de público. A lo largo de la década, se produce un proceso de modernización de las prácticas y las estéticas literarias por la crisis y transformación de las poéticas realistas y la incorporación de técnicas narrativas diferentes, que implican rupturas de orden lineal de la historia, multiplicidad de puntos de vista en el relato, e incorporación de discursos provenientes del psicoanálisis, la sociología, la historieta y el periodismo. La aparición de Rayuela, de Julio Cortázar , en 1963, funciona como una verdadera "divisoria de aguas", dado que es un punto de viraje no sólo en el interior de su propia literatura sino centralmente en la historia de la narrativa argentina. Cortázar ya había publicado Bestiario (1951), Final del juego (1956), Las armas secretas (1959), Los premios (1960) e Historia de cronopios y de famas (1962), más ligados a la estética del grupo Sur. Rayuela, además de su éxito inmediato en la crítica literaria y entre el público, incorpora grandes modificaciones en la construcción poética y en la construcción del relato: la desconfianza sobre la función cognoscitiva del lenguaje, la explicitación del texto como artificio, la tensión entre lo fragmentario y la forma larga, la introducción del surrealismo y la patafísica como técnicas narrativas, el metadiscurso, la autorreferencialidad, la proliferación de citas, la intertextualidad exasperada. Estas técnicas narrativas alcanzan nuevas formulaciones en sus textos posteriores, en los cuales se combinan varios géneros discursivos (novela, cuento, ensayo): Todos los fuegos el fuego (1966), La vuelta al día en ochenta mundos (1967), 62 Modelo para armar (1968), Ultimo round (1969), Libro de Manuel (1973), Octaedro (1974), Alguien anda por ahí (1977), Un tal Lucas (1979), Queremos tanto a Glenda (1980), Deshoras (1983).

En el boom del sesenta se inscribe también la obra literaria de Manuel Puig (1932-1990) que, con La traición de Rita Hayworth (1968), inaugura dentro de la narrativa argentina la compleja interrelación entre literatura y medios masivos de comunicación como el cine, el folletín, las intrigas policiales, los boleros y los tangos. En sus novelas —Boquitas pintadas (1969), The Buenos Aires affair (1973), El beso de la mujer araña (1976), Pubis angelical (1979), Maldición eterna a quien lea estas páginas (1980), Sangre de amor no correspondido (1982), Cae la noche tropical (1988)—, Puig experimenta con procedimientos provenientes de la serie literaria y materiales de la cultura popular y los medios masivos, junto con un uso desviado de los géneros y el montaje de diversas matrices y géneros discursivos (psicoanálisis, política, informes judiciales, cartas, diarios íntimos). Asimismo, Puig trabaja con la decodificación de distintos registros lingüísticos a través de la parodia, la pluralidad y la confrontación de discursos, el enfrentamiento de ideologías, para desenmascarar con una mirada crítica los mecanismos de la pequeña burguesía pueblerina.

Un grupo importantes de escritores que incorporan en sus textos la renovación formal de los años sesenta proviene del interior del país y promueve una literatura alejada de todo regionalismo o pintoresquismo: Antonio Di Benedetto , Daniel Moyano (1930), Héctor Tizón (1929) y Juan José Hernández (1940) se encuadran dentro de un sistema narrativo que si bien responde a cánones de filiación realista, registran desvíos y nuevas formulaciones. Mientras que la producción de Di Benedetto (Mundo animal, 1953; Zama, 1956; El cariño de los tontos, 1961; El silenciero, 1964; Los suicidas, 1969) sostiene una perspectiva urbana sobre una temática y un ambiente regional, la literatura de Moyano (Artista de variedades, 1960; La lombriz, 1964; Una luz muy lejana, 1966; El fuego interrumpido, 1967; El oscuro, 1968; El trino del diablo, 1974) y Hernández (Negada permanencia, 1952; Claridad vencida, 1957; El inocente, 1965; La ciudad de los sueños, 1971) desarticula la relación interior-Buenos Aires a través del fenómeno de migración interna masiva a la capital. En la narrativa de Tizón (Fuego en Casabindo, 1969; El cantar del profeta y el bandido, 1972; Sota de bastos, caballo de espadas, 1975) lo urbano queda excluido como escenario y en sus relatos se concentra la temática regional abordada desde una experimentación formal que reelabora los mitos y las costumbres regionales. Di Benedetto y Tizón comparten una intensa preocupación formal y estilística, y una cuidadosa reflexión sobre el lenguaje, mientras que en la literatura de Moyano se retoman algunos procedimientos típicos del realismo mágico latinoamericano.

Alejada del boom y ubicada en un espacio marginal a Buenos Aires, se inscribe la literatura de Juan José Saer (1937), uno de los mayores escritores de la actual literatura argentina. Su literatura se mantiene al margen del boom de la narrativa latinoamericana dado que en su poética no ingresan ni lo real maravilloso de García Márquez, ni la postulación neo-realista de Vargas Llosa. Saer discute con sus postulados centrales al considerar que los escritores latinoamericanos deben escribir como escritores y no como lo que los europeos buscan en la escritores latinoamericanos (vitalismo, espontaneidad, irracionalismo, estrecha vinculación con la naturaleza), dado que "su especificidad proviene, no del accidente geográfico de su nacimiento, sino de su trabajo de escritor". En su primer libro, En la zona (1960), se comienza a perfilar uno de los rasgos centrales de su poética: el rechazo por toda forma de regionalismo, que encuentra su resolución en la construcción de un espacio ficcional —la zona— que, partiendo de un referente real (la ciudad de Santa Fe, su costa y las islas) se convierte en espacio imaginario y paisaje estético. La zona es una célula narrativa básica que se expande en un sistema de personajes, el encuentro de amigos, una inflexión de la lengua. La obra de Saer —Responso (1964), Palo y huesos (1965), La vuelta completa (1966), Unidad de lugar (1967), Cicatrices (1969), El limonero real (1974), La mayor (1976), Nadie Nada Nunca (1980), El entenado (1983), Glosa (1986), La ocasión (1988), Lo imborrable (1993), La pesquisa (1995), Las nubes (1997)— está recorrida por un proyecto unitario que se traduce en la persistencia de un espacio geográfico, un mismo sistema de personajes, la tematización recurrente de un núcleo problemático fijo, y la permanente búsqueda de un discurso que se haga cargo de la complejidad de la representación, que se traduce en el uso de una descripción obsesiva (que acerca su literatura al nouveau roman) como procedimiento constructivo predominante.



DICTADURA DEL 76-83.

Las nuevas formas narrativas que caracterizan la producción literaria de mediados de la década del setenta y principios de los ochenta, se inscriben en el marco de la crisis de la representación. La organización autoritaria de la cultura llevada a cabo por la opresiva dictadura militar en la Argentina (1976-1983) pone en suspenso las antiguas creencias y deja fuera de juego los habituales sistemas de interpretación. Las anteriores formas de aprehender la realidad resultan inútiles frente a un conjunto de experiencias sociales fragmentadas y contradictorias sufridas por sujetos atomizados. Ante la perplejidad se torna necesaria la idea de encontrar un significado y un sentido a esa experiencia. Por lo tanto, las narraciones de estos años renuncian al proyecto de reproducir lo real, jugándose en la producción de sentidos incompletos y fragmentados. Esta refutación de la mímesis tiene en su base el reconocimiento de que la historia ha estallado y que, por ende, no puede recomponerse narrativamente desde un solo punto de vista o un solo discurso. El discurso de la ficción, entonces, se coloca como opuesto al discurso autoritario, y se cuestiona sobre la historia que narra y sobre las modalidades con las cuales se narra. Un corpus importante de textos producidos en estos años busca la clave del presente en el pasado político y cultural: Respiración artificial (1982), de Ricardo Piglia; En esta dulce tierra (1984), de Andrés Rivera; y Cuerpo a cuerpo (1979), de David Viñas. Ricardo Piglia (1941) —autor de La invasión, 1967; Nombre falso, 1975; Prisión perpetua, 1988; La ciudad ausente, 1992)— capta en Respiración artificial las luchas discursivas entre aquellos que ocupan el poder con los marginales del sistema, a través de una velada referencia a los hechos ocurridos en la Argentina bajo el régimen militar. La novela reflexiona y cuestiona la existencia de una historia inequívoca por medio de explicaciones que siempre son versiones incompletas de la historia. Desarrolla una narración sobre la identidad nacional, a través de una reflexión sobre la fundación de la literatura argentina, sobre la traducción y la cita, y la organización del pasado literario, que permita captar las líneas del presente.

En cambio, en otras novelas —La vida entera (1981), de Juan Martini; El vuelo del tigre (1984), de Daniel Moyano; y No habrá más penas ni olvido (1980), de Osvaldo Soriano— se reflexiona sobre cómo ordenar las experiencias dentro de la historia, desde dónde se controlan los lugares de poder y de qué manera se puede organizar una historia que se oponga al discurso oficial.

Otros textos del período presentan la construcción literaria de biografías ficticias que permiten la reconstrucción de una subjetividad contra la discontinuidad de la experiencia, ya sean biografías típicas de la pequeño burguesía urbana de izquierda, cuyas ilusiones fueron anuladas por la intervención militar y la violencia -como en Tinta roja (1981), de Jorge Manzur, y Flores robadas de los jardines de Quilmes (1980), de Jorge Asís-, como biografías de sujetos que fueron excluidos de la historia oficial -como en Nada que perder (1982), de Andrés Rivera, y Hay cenizas en el viento (1982), de Carlos Dámaso Martínez (1944)-. La literatura del período también se ocupa de los itinerarios del exilio en Composición de lugar (1984), de Juan Martini; Libro de navíos y borrascas (1983), de Daniel Moyano; y La casa y el viento (1984), de Héctor Tizón. Con fuerte acento autobiográfico, mientras las novelas de Martini y Tizón marcan el extrañamiento lingüístico-cultural, la de Moyano incluye el relato de la represión, las torturas, la cárcel y las desapariciones.



LOS CONTEMPORANEOS.

El panorama actual de la literatura argentina se cierra con una serie de jóvenes escritores cuya producción se caracteriza por la experimentación narrativa, por un uso no convencional de los grandes géneros (novela histórica, novela urbana, relato de aventuras y policial) o escuelas estéticas (minimalismo norteamericano, realismo socialista) y por la apuesta a una literatura que hace de la escritura un espacio de reflexión teórica y crítica. Los jóvenes escritores más descatados de esta nueva generación son: Juan José Becerra (1965), con Santo (1994); Gustavo Ferreyra (1963), con El desamparo (1994) y El perdón (1997); Marcos Herrera (1966), con Cacerías (1997); Aníbal Jarkowski (1960), con Rojo amor (1993); Federico Jeanmaire (1957), con Un profundo vacío en el pie izquierdo (1984), Desatando nudos (1986), Miguel (1990), Prólogo anotado (1993) y Montevideo (1997); Martín Kohan (1967), con La pérdida de Laura (1993), Muero contento (1994) y El informe (1997); Martín Rejtman (1961), con Privado Rapado (1992) y Velcro y yo (1996); y Miguel Vitagliano (1961) con Posdata para las flores (1991), El niño perro (1993) y Los ojos así (1996).



FUENTE: http://www.todo-argentina.net/



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